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viernes, 4 de mayo de 2012

"Cuestión de ritmo", por J. S. de Montfort



La administración del miedo, de Paul Virilio. Ed. Barataria / Pasos Perdidos, Barcelona, 2012, págs.113. 

En su último libro publicado en castellano, La administración del miedo, y que se presenta bajo la forma de una larga entrevista, ahonda el fenomenólogo Paul Virilio en su idea de la tiranía del tiempo real, cuya aceleración ya habían denunciado largo tiempo atrás los surrealistas; velocidad que, según el teórico crítico francés, se ha convertido en un nuevo “culto solar”. Contra la presencia invasiva de la velocidad, Virilio propone “una cultura del empleo del tiempo, un modo de vida distinto y opuesto [al régimen de la velocidad que no distingue ya entre pasado, presente y futuro]”. Virilio mira a esta velocidad desde lo viviente, lo vivo (siguiendo a Bergson), y desde la concepción del espacio como lugar en y a través del que experimentamos nuestro propio cuerpo (siguiendo a Husserl).
Así, Virilio reflexiona sobre la velocidad pero no como un fenómeno singular, sino como “la relación entre los fenómenos”, como relatividad que ha de entenderse desde la dromología (la ciencia del movimiento y la velocidad). Virilio demanda una cronodiversidad, es decir, la libertad de poder acceder a una variedad de ritmos humanos. Porque lo que aquí está denunciando el pensador francés es que la crisis actual es de tipo antropológico. La razón es que estamos “tocando los límites de la instantaneidad, el límite de la reflexión y del tiempo propiamente humano”. Por tanto, no queda más que el reflejo condicionado, lo que nos vuelve incapaces para pensar el espacio real. Ello conlleva que el arrebato haya sustituido a la reflexión, y la ira se haya vuelto una suerte de afecto compartido (Virilio lo llama “comunismo de las emociones”). Su base se halla en el infantilismo del miedo, un miedo imaginario que viene promovido por las “bombas informacionales” (difundidas por los mass media) que sincronizan las emociones a nivel mundial, pues elevan el miedo a la categoría de entorno global, tornándolo cósmico (gracias a que abarca nuestra relación con lo universal). Ello abre el camino para que el pánico venga rodeado de un aura mística, y constituya nuestro “hábitat”; o sea, el lugar en el que se desarrollan nuestros hábitos.
Tal hábitat es un espacio de secesión intransitiva, un éxodo giratorio, un“circuito cerrado, en bucle”, un ultra-mundo fractal (regido por el turbo-capitalismo) y cuyas normas son la ubicuidad y la inmediatez. Un hábitat dominado por la velocidad inmóvil de la interactividad que, paradójicamente, nos fuerza al inmovilismo, nos dice Virilio. En otras palabras, se ha producido una separación entre nuestra conciencia inmediata y la realidad (algo que ya dejara dicho Merleau-Ponty). Se trataría, pues, nos urge Virilio, de recuperar “la línea melódica”,
La implicación más clara -y evidente- de tal desajuste se halla(ría) en el lenguaje, en nuestra falta crucial de su dominio, pues por causa de nuestra desmesura (la recobrada hybris griega) nos gobierna el arrebato que impone la precipitación (siguiendo el dictado de la ideología de la pura instantaneidad y el futurismo) y nos dejamos vencer por la ira permanente. Esto nos conduce, según Virilio, a ser incapaces de verbalizar nuestra frustración (y a caer en la difamación y el insulto). Y es que no podemos escapar a la sensación de que siempre vamos con retraso.
Así, por vencer tal (auto)impuesta ubicuidad e instantaneidad, tal “masoquismo voluntario”, deberíamos preguntarnos, como sugiere Virilio, dónde estamos con respecto al ser-en-el mundo en la era de la velocidad límite. Para tal propósito, deberíamos “tomar la iniciativa para definir las grandes opciones acerca de qué sociedad queremos construir”. Pero para ello, como me parece que ya ha quedado claro, deberíamos ponernos de acuerdo para bailar todos el mismo son, un son humano, claro; o sea, deberíamos ser capaces, sin gritos ni amenazas, ni odios ni chantajes, de entendernos. Se trata(ría) de reconocer que “nuestra totalidad geofísica está efectivamente accidentada” y que (se) nos va la vida en ello.

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