“La escritura como profesión”, por Rosana Koch

La muerte de la polilla y otros ensayos, de Virginia Woolf. Traducción de Teresa Arijón. Buenos Aires, La Bestia Equilátera, 2012, 272 págs.

Cuenta Virginia Woolf en el ensayo “Profesiones para mujeres” que para escribir literatura tuvo que batallar con el Ángel de la Casa, mujer-esclava-fantasma cuya sombra intentaba interponerse entre el papel y su yo, guiar su pluma y arrancar el corazón de su escritura, así es que decidió matar al fantasma y “ahora que se había deshecho de la falsedad (victoriana), esa joven mujer (la propia Virginia) sólo tenía que ser ella misma. Ah, ¿pero qué es ser ‘ella misma’?” Estos veintiséis ensayos, compilados y corregidos por su esposo Leonard Woolf, conforman ese intento constante de contestar esa pregunta mediante la escritura, ubicando a la literatura en la centralidad de su vida.
Algunos ensayos encuentran en contextos cotidianos interrogaciones profundas que enfrentan a las preguntas más esenciales, pero siempre desde el detenimiento y la contemplación: “La muerte de la polilla”, escrito en 1942, a partir de la observación de una polilla “que parecía estar contenta con la vida” y se tropieza con la inexorable inevitabilidad de su muerte, que además es la vencedora; en “Atardecer sobre Sussex: reflexiones en un automóvil” el espacio externo la reencuentra con la intensidad de la vida, en este caso, un amable atardecer le regala instantes de una abrumadora belleza en el recorrido del paisaje; “Merodeo callejero: una aventura londinense es el paseo de una tarde de invierno en una calle de Londres y también una aventura que permite la posibilidad de abandonar “las líneas rectas de la personalidad”, componer la historia de tantos transeúntes y “penetrar en cada una de esas vidas, lo suficiente para alimentar la ilusión de que no estamos atados a una sola mente sino que, por unos breves instantes, podemos adoptar los cuerpos y las mentes de otros.”
La obra de Virginia Woolf ha sido leída desde las particularidades estéticas e ideológicas del grupo Bloomsbury, desde la teoría de género que va encadenando la historia de la mujer que escribe y su debate constante entre su fuerza creadora y la falta de instrumentos para expresarse con libertad desde “un cuarto propio”, y desde las vanguardias literarias –por la invención de su técnica narrativa  donde el lenguaje fluye como el agua y se diluye en la relación entre pensamiento y habla para dar lugar al “fluir de la conciencia”. Sin embargo, estos ensayos proveen pistas para una autobiografía intelectual de la escritora, porque circulan personalidades literarias fundamentales (Henry James, Shakespeare, Horace Walpole, E. M. Forster, Shelley, entre otros) y dan muestras de ese capital intelectual adquirido por su vocación lectora que, con su sensibilidad, habilita la sensación de estar viviendo la vida interior de estos escritores en su intento de querer captar “el vuelo de la mente”. El ejercicio de la crítica literaria había sido habitual en la vida de Virginia Woolf desde que con su esposo, después del intento de suicidio en 1913, decidieron emprender la tarea de editores con Hogarth Press –además de las publicaciones de la autora en varios periódicos de la época.
En los ensayos, las cartas, diarios, confesiones, autobiografías son los “libros híbridos” los que mejor le permiten bucear el mundo de la literatura: “Madame de Savigné”, “esta robusta y fértil escritora”, creó su ser en sus cartas “escribiendo trazo a trazo lo que se le venía a la cabeza como si hablara”. “El hombre en el portón” es Samuel Taylor Coleridge, “pionero de todos los que han intentado revelar los vericuetos, capturar los pliegues más sutiles del alma humana”. A este ensayo le continúa“Sara Coleridge”, hija de Samuel, en  donde se detiene en los puntos suspensivos con que finaliza cada capítulo de su autobiografía intentando descifrar lo indescifrable del alma de aquella mujer inconclusa. En “Henry James”, la edición de Percy Lubbock de “Las cartas de Henry James” le brinda los lineamientos interpretativos más sólidos para dar certezas sobre una figura tan compleja y completa. En “Dos anticuarios: Walpole y Cole”, se adentra en la correspondencia de Horace Walpole “como con un estetoscopio”.
La lectura de estos ensayos posiciona a Virginia Woolf en una “profesional de la escritura” por su mirada puntillosa, sagaz y profunda, y permite reconstruir en clave poética los latidos de una pluma que todavía desea escuchar el sonido del silencio en medio de tantas voces enloquecedoras, esas que una mañana la condujeron hacia el Río Ouse…

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