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viernes, 2 de noviembre de 2012

"La novela de la vida", por Julieta Lerman


La novela de la poesía. Poesía reunida, de Tamara Kamenszain. Edición al cuidado de Violeta Kesselman. Prólogo de Enrique Foffani. Buenos Aires, Adriana Hidalgo, 2012, 408 páginas.

Dos años después de haber arriesgado la idea de escribir una novela, como dicen los últimos versos del libro El eco de mi madre, de 2010, (“y hasta me parece que a lo mejor/…quién te dice…/ mañana empiezo una novela”), Tamara Kamenszain se dio cuenta de que ya la había escrito. Y ahora, bajo el título La novela de la poesía, reúne los ocho libros publicados entre 1973 y 2010, de los cuales la mayoría hace rato no circula por las librerías, más un puñado de poemas inéditos escritos entre 1971 y 1974 y, por último, un nuevo poemario que le da nombre a todo el conjunto, o viceversa, titulado del mismo modo, La novela de la poesía.
Como señala Enrique Foffani en el agudo prólogo que acompaña la edición, este Libro con mayúscula se acerca más a una Novela que a una Biblia donde, sobre todo en el caso del primer libro De este lado del Mediterráneo, de 1973, las escenas bíblicas forman parte de lo novelesco. Allí, la voz que conduce las prosas remonta la historia familiar hasta los antepasados, inmigrantes judíos venidos de Polonia, de Besarabia, y los mezcla con su presente, los actualiza en su mirada que los “lleva puestos”. Quizá este primer libro de Kamenszain constituya una especie de demarcación del territorio de la enunciación, un plantar bandera que explicita quién habla o, más bien, desde dónde habla la que habla, qué historia lleva puesta la que mira en su mirar. Los textos despliegan, así, una especie de construcción o deconstrucción de una mirada en particular, porque, como decía un poeta muy citado por Kamenszain, Paul Celan, se escribe siempre “bajo el ángulo de incidencia de la propia existencia. En el ángulo de De este lado del Mediterráneo, se cruza la línea de la Historia (que trae consigo todo el peso de la tradición y religión judía, una cantidad de fábulas, etc.), y la línea de las historias con minúscula. Dos historias que en verdad son una sola porque cada una es protagonista de la otra. El pasado es, aquí, presente: la historia habita en todos y cada uno de los elementos y, en ese sentido, está contundentemente viva. “Ese pan está grabado en una enorme historia familiar (…) el pan que yo añoro porque aunque no lo comí lo recuerdo.”
Muchas veces se ha señalado que una de las particularidades de Kamenszain es que combina o alterna entre la escritura de poemas y la escritura ensayística, y alguna vez ella comentó que no hay un tipo de escritura que haya “inaugurado” o precedido a la otra sino que en el origen están las dos, “como que empezaron juntas, alternándose”. Quizá a la luz de esta combinación pueda leerse su obra, no sólo como una alternancia entre dos géneros distintos sino, más bien, fusionados. Porque a menudo el límite de dónde empieza uno y dónde termina el otro es borroso: su escritura ensayística suele ser bastante poética y, a la inversa, en las líneas ajustadas de un poema solemos encontrar yuxtapuestas las puntas de los hilos de una trama lingüística que condensa múltiples niveles de sentido. Una trama que se abre a diversas lecturas posibles y pide ser desplegada, “llena de mundo”, como dice un verso de César Vallejo. 
Un buen ejemplo de ese diálogo íntimo o esa especie de convivencia entre los dos tipos de escritura es uno de los poemas inéditos del período ´71-´74 titulado, precisamente, “Lo que empieza donde termina”. El poema describe el proceso de escritura y de armado de un libro alrededor de la metáfora del trabajo de la modista cuya maestría consiste en invisibilizar su labor. Dice el poema: “Para armar un libro hay que hacer/ como las modistas que cosen/ siempre del lado de adentro/ y cuando dan vuelta la tela esas costuras/ que ellas trabajaron confiadas/ desaparecen para dejar ver/ un aceptable/ lado de afuera.” Esta misma idea aparece en un ensayo titulado “Bordado y costura del texto”, donde Kamenszain arriesga una teoría acerca de la escritura en relación con lo femenino, con la madre, con las tareas domésticas: “Coser, bordar, cocinar, limpiar, cuántas maneras metafóricas de decir escribir.” Las mujeres, dice, son especialistas en ver los detalles, cualidad propia de cierto tipo de escritor. “Son ellas las que ven el polvo escondido detrás de los objetos y las que se detienen en él. En esa lenta práctica de ir descubriendo lo que otros no ven, perfeccionan su oficio.” Este parece ser el criterio a la hora de elegir los afectos literarios que están siempre por detrás o por delante de lo que Kamenszain escribe. Allí están Celan, Vallejo, Lezama Lima, Delmira Agustini, Viel Temperley, Osvaldo Lamborghini, Enrique Lihn, entre tantos otros. No se trata de un amor pasivo sino que parecería ser lo que pone en marcha la escritura.
El lado invisible, el entramado silencioso de las cosas tiene, también, una historia que es la que parece hablar por la boca de esta poesía que, como señala Foffani, aunque trabaje con episodios autobiográficos, está lejos de lo confesional. “Poesía episódica del yo” la llama el crítico, aclarando de nuevo que, en todo caso, está más cerca de la novela que de otra cosa, porque la verdad de la experiencia no se corresponde necesariamente con la experiencia verdadera sino que se construye a través de la fabulación. Si la poesía busca una verdad, o busca tratarse con ella, esa verdad es una novela, parece venir a decir el título que reúne estas obras. Porque, ¿dónde empieza lo ficcional y dónde termina lo no ficcional? Como los actores, que tienen que adentrarse en la piel de sus personajes para hablar desde ahí, la voz del poeta se adentra en la piel de las vivencias recordadas, imaginadas, fabuladas, y las hace hablar. Aunque haya verbos en pasado, dijo por ahí Tamara Kamenszain, la poesía siempre habla en presente: “tacho había una vez escribo ahora o nunca/ ya tengo un nombre lo actualizo in memoriam”. El aquí y ahora del poema es uno de los recursos principales de los que se vale la poesía para crear verdades, es decir, dar actualidad a lo que cuenta. Algo de esto se puede leer en el poema de la famosa torsión en femenino del término “sujeto” tan en boga en los años en que se publicó La casa grande (1986), si pensamos que soñar es también otro modo de decir escribir: “Se interna sigilosa la sujeta/ en su revés, y una ficción fabrica/ cuando se sueña.”
Novela, poesía, ensayo: distintas líneas se funden en el ángulo que cobija los poemas del último y novísimo poemario, La novela de la poesía. Líneas y tonos distintos que se anudan en torno a una pregunta sobre la muerte. Foffani dice que podría llamarse El libro de la pregunta, parafraseando el título del libro del poeta judío Edmond Jabès, El libro de las preguntas. Pero enredada a la pregunta sobre la muerte, o más bien, a las preguntas sobre cómo hablar de la muerte (“¿Ya hablé de la muerte?”, “¿Eso es hablar de la muerte?”), aparece una pregunta sobre la poesía, en torno a la cual parece sugerirse que innovar en el modo de hablar de la muerte es el nudo central de la innovación poética. Porque avanzar con la palabra sobre el terreno de lo indecible, de lo impensable, donde se encuentra siempre el tema de la muerte –dice Kamenszain en un ensayo sobre Pizarnik– constituye una de las principales apuestas del género poético. Cómo hablar, entonces, de un tema que, pasada tanta agua debajo del puente, se ha convertido en un lugar común, en moneda corriente: “Pero Cadáver lleno de mundo me consta/ es un verso que ya no impresiona/ porque ahora el cadáver es lo que hay.”
¿Cómo hablar de la muerte después de todos los poetas que componen la “familia ensanchada” de Tamara Kamenszain, como la llama Foffani? Pero es una familia muerta, de la cual Kamenszain es la sobreviviente que pregunta cómo hablar de la muerte hoy. ¿Qué significa, qué implica actualizar esa pregunta? ¿De qué hablamos? Unos versos responden: “un estribillo despreocupado nos avanza el milenio/ ahora Alejandra diría debajo/ no estoy yo debajo/ no estoy yo/ y está bien que así sea/ (…)/ una épica de lo que no/ hay/ muerto el suicidio a nadie se le ocurriría resucitar/ eso ya fue ya fue ya fue”. Se trata, entonces, de una pregunta sobre la época, más que de una pregunta sobre la esencia de la muerte, porque después de todos los poetas malditos, eso “ya fue”. Paradójicamente, una de las respuestas que parece lanzar este poemario a la pregunta sobre cómo hablar de la muerte es: con vida. Una “épica de lo que no hay” equivale a afirmar otro estribillo del que un verso se hace eco, “es lo que hay es lo que hay”. Porque según nos dice el último poema, escribir poesía es una prueba de vida, contar el cuento, “es dar y recibir una promesa/ de supervivencia.

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