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lunes, 8 de septiembre de 2014

“Postales del silencio”, por Felipe Benegas Lynch


Carta a un padre, de Edgardo Cozarinsky. Argentina / Francia, 2014, 65 min.



Existe solamente la realidad y la luz.
No hay en este mundo ni oscuridad, ni muerte.
Estamos todos reunidos en la orilla del mar,
y soy de aquellos que recogen las redes,
cuando viene, en cardumen, la inmortalidad.
Arseni Tarkovsky

En Carta a un padre (2014) Cozarinsky interroga la duración de la luz. La cámara se abre y a través de ella observamos la lenta pero inevitable transformación de las cosas en su capacidad para reflejar. Al comienzo la voz en off invoca el sueño –reflejo a veces más real que aquello que llamamos realidad– y la imagen nos sitúa frente a un espejo de agua en cuya orilla más lejana hay caballos y una figura humana que se desplaza como queriendo arriarlos hacia un corral que no se ve.
Los objetos y paisajes van pasando y con ellos la pregunta acerca de la visibilidad de las huellas que dejamos a lo largo de una vida. Cine especular (en un sentido tarkovskiano del término) más que espectacular, la carta de Cozarinsky se compone de una serie de postales del silencio, donde la luz más vulnerable calla y la oscuridad comienza a hablar. Allí se mezclan escenas de diáspora, de mangas de langosta, de viajes diversos por el mundo, de cartas y postales cuyo encabezado uno apenas llega a descifrar con esfuerzo. Al final de esta pieza que cierra su trilogía de cámara nos expone a largos minutos de un crepúsculo que se transforma y nos transforma lentamente. Así arma un cuadro, una postal que se abre a la contemplación. Como las postales con las que jugaba de niño, que su padre enviaba desde lugares remotos.
En esas postales late un silencio imposible de franquear. Allí resuena todo lo que no le preguntó a su padre antes de que muriera cuando él tenía veinte años. Y sin embargo, pareciera decir, a fuerza de contemplar lo amado, o lo que nuestros seres amados contemplaron (postales, cartas, paisajes), se encienden los átomos dispersos de una conversación que trasciende las palabras.
Cozarinsky expone las imágenes queridas a la luz: les pasa una vela por delante como para verificar su respiración. Y aunque los muertos no se levanten y las fotos no cobren vida, lo que logra con esa llama es que se encienda la respiración sutil de esta pieza de cámara, el intercambio entre el afuera y el adentro de la pantalla. Así salva a las imágenes del fuego de la emoción privada y las recupera para que el padre sea un padre y su sombra una sombra. De ese modo los espectadores podemos empezar a rondar también el espacio incierto que propone.
La voz en off afirma al comienzo “Anoche soñé que estaba en Entre Ríos. Mi padre nació en Entre Ríos. Yo nunca estuve allí”. El punto de partida está en el sueño y en el paisaje de agua y caballos que acompaña a la voz. Luego repite: “nunca estuve en Entre Ríos”, y la película remonta esa imposibilidad recorriendo paisajes, documentos y voces.
Andrei Tarkovsky es un padre cinematográfico al que va tácitamente dirigida esta carta. Más allá de la alusión directa a los versos de Arseni Tarkovsky, el padre de Andrei, la presencia del agua, los caballos y el fuego, hilvanados en un relato que juega con la memoria íntima y el registro documental a partir de un cuidadísimo trabajo con imágenes y sonidos sostenidos en el tiempo para la contemplación, no puede sino evocar la filmografía del ruso. Especialmente El espejo, de 1975, en la que aparecen también versos de su padre.
En Un día en la vida de Andrei Arsenevich (2000), el documental homenaje que Chris Marker le dedicó a Tarkovsky –y en el que también hay una escena en la que una mano arroja fotos, las del funeral de Tarkovsky en este caso–, Marker remarca la importancia del agua como elemento liberador en el cine de Tarkovsky. El fuego, y todos los elementos de la naturaleza, señala, tienen una importancia fundamental en la obra del ruso.
Si el agua asociada al sueño en el comienzo de Carta a un padre funciona como liberación y apertura de un territorio hasta ahora vedado; el fuego –ya sea en la propia casa, como ocurre en El Sacrificio (1986) y en El espejo, o devorando las imágenes familiares, como en Carta a un padre– es una forma de brindarse que en el film de Cozarinsky podría ser leída como el sacrificio de la propia intimidad familiar para alimentar el trabajo artístico.
Del paisaje natural (el crepúsculo) se pasa al fuego –producido por manos humanas–, y de las brasas y cenizas se recuperan los cuerpos de las imágenes fotocopiadas: la duplicación y la inversión causal (la cenizas se transforman en papel y vuelven a la mano) dejan en primer plano el aspecto artístico de la construcción y dejan de lado cualquier pretensión realista o biográfica. En ese sentido, podríamos decir con Deleuze: “Deviene niño, sí, pero no se trata de su infancia, ya no se trata de la infancia de nadie: se trata de la infancia del mundo, la infancia de un mundo.” Las imágenes y voces familiares se desterritorializan para darle voz algo más. La sola presencia del pequeño puñal japonés, amuleto de protección y sacrificio que encarna el legado familiar, abre las entrañas de Cozarinsky para fundirlas con el fondo mudo de las cosas.
“En este mundo no hay muerte”, dicen los versos del padre de Tarkovski que cita Cozarinsky. Como en El espejo, en su película las imágenes convocan a los átomos que ha dispersado la muerte. En esa interrogación sólo existen, como dicen los versos del ruso, “luz y realidad”.
La música, un aliado fundamental en las producciones de Tarkovsky, también cumple un papel fundamental en la obra de Cozarinsky, asistido en esta ocasión por el Chango Spasiuk para musicalizar ese lento crepúsculo del final.
Pasear la propia sombra por esa luz, por esa incalculable radiación que emite lo amado, es el desafío que toma cuerpo a través de estas imágenes. Entre el agua ciega del comienzo y el fuego del final los vapores se alzan y no podemos afirmar nuestra presencia o la de Cozarinsky en esta tierra y este tiempo, porque los tiempos y los planos se confunden, como se confunde lo público y lo privado, lo vivo y lo muerto, todo suspendido en la respiración de la cámara y la reverberación de la luz.


Trailer:

Ficha técnica
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Dirección y Guión
Edgardo Cozarinsky 
Fotografía 
Lisandro Negromanti 
Edición 
Eduardo López López 
Sonido
Julia Huberman
Música
Chango Spasiuk
Producción
Constanza Sanz Palacios, Edgardo Cozarinsky, 
Aníbal Garisto
Productor Ejecutivo
Constanza Sanz Palacios
Compañía Productora
Constanza Sanz Palacios Films, Les Films d’Ici
Argentina / Francia, 2014 – 65 minutos


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