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miércoles, 26 de noviembre de 2014

“Una historia sencilla”, por Felipe Benegas Lynch

Historia de Roque Rey, de Ricardo Romero. Buenos Aires, Eterna Cadencia, 2014, 512 p.

Luego de leer las más de 500 páginas de Historia de Roque Rey, de Ricardo Romero, me sentí como si hubiera terminado de ver Lo que el viento se llevó (1939). Lo digo por el largo, sí, pero también porque rescato un dejo cinematográfico en toda la cuestión, con una profusa banda de sonido incluida: Pink Floyd, Beatles, Led Zeppelin, Charly García, Pappo, Willie Colón, King Crimson, Pescado Rabioso, etc.
Pienso en Forrest Gump (1994), o en El gran pez (2003): el énfasis en el relato oral, la galería de personajes bizarros, los grandes caminantes, el contrapunto de hitos de la historia reciente (Perón, dictadura militar, Malvinas, vuelta de la democracia, diciembre del 2001, etc), la construcción de una geografía y un paisaje, el relato circular. Se trata de relatos extensos y clásicos, concebidos con la impronta de la novela decimonónica. Lo que la literatura le dio al cine (estas tres películas tienen su punto de partida en novelas) ahora vuelve a la literatura transformado.
Si bien Historia de Roque Rey invoca la palabra intemperie en muchas de sus páginas, al mismo tiempo insiste en construir y sostener la interioridad de un personaje: no se sale de la lógica de la clásica novela de personaje. Creo que ahí reside la fuerza y la ambición del gesto de Romero: su apuesta es el relato cuando este ya no parece posible en esos términos en el horizonte de la literatura. Como su personaje, RR se calza los zapatos de un muerto (o un zombie) y se pone a caminar.
La novela como se consagró en el siglo XIX con figuras como Dickens –uno de los pocos autores mencionados a lo largo de las 500 páginas– ha muerto. O, más bien, fue cooptada por la industria del cine o el flujo constante de novelas que repiten esa fórmula narrativa con un criterio puramente comercial, como si el siglo XX no hubiera ocurrido.
No es el caso de Romero, que se despacha con un novelón de personaje a contramano de las modas de la literatura más experimental sin caer en la ingenuidad de las fórmulas comerciales. Ahí hay un gesto: poner la historia en primer plano, dedicarse pura y exclusivamente a contar. Pero está claro que RR no vive en el siglo XIX y en su relato se siente la tensión con los códigos del cine, de la televisión, de la cultura en su versión popular y masiva. Ya en las primeras páginas uno se topa con una cita de “Penny Lane”, un epígrafe de Chesterton y la afirmación –casi una apología del cine– que cierra ese primer apartado: “la perfección es esta: el dolor es tan grande que tiene las dimensiones exactas del paisaje”.
Romero no tiene reparos en escribir después del cine, en retomar la tradición de contar después de que la máquina audiovisual llevara las posibilidades del relato a otro plano. Así le salen fragmentos como este, en el que la codificación cinematográfica de la felicidad hogareña le brinda una fórmula sintética y eficaz:

Para cuando llegó el invierno los tres convivían en una rutina de bienestar que no parecía tener fisuras. Iban juntos a todas partes, paseos, misas, eventos. Desayunaban, almorzaban y cenaban juntos pasándose los utensilios y las fuentes humeantes. Tenían la risa fácil y entusiasta. Nunca les faltaba el apetito y la curiosidad. Miraban la televisión en el living de la casa hasta quedarse dormidos en los sillones. Sobrevivían las noches como podían. (410)

Esa felicidad de fuentes humeantes y sonrisas satisfechas se superpone con el trasfondo, tenso pero no tanto, del triángulo tipo Lolita que se forma entre Roque, Natalia e Inés. No es la intensidad de Nabokov lo que se evoca, sino más bien la adaptación de la adaptación cinematográfica tipo road movie. De nuevo, se escribe después del cine. La literatura pareciera llegar hasta Dickens y Chesterton. En algún lado se habla de alguna novela policial. Lo que aparece hacia el final es CSI (Crime Scene Investigation) anticipando el apogeo de las series. También se infiltra la publicidad:

...continuaron la charla y los brindis en el negocio de Aragone, bebiendo a conciencia una botella de Johnnie Walker Black Label, uno de cada lado de un escritorio estilo inglés en el que sólo había un teléfono, la lámpara encendida, la botella y dos vasos. (449)

A través de todas estas capas discursivas Ricardo Romero narra como Roque Rey: “Eran relatos en tercera persona, recuerdos que volvía ajenos a fuerza de repetirlos, donde el protagonista siempre era otro.” (474) El narrador omnisciente que elabora minuciosamente esconde en la historia de Roque la del escritor con el que el personaje comparte las iniciales y el lugar de origen. Ambos, más que ponerse a decir algo, eligen contar: “...yo no tengo nada para decir, Inés. Pero puedo contarte muchas cosas... Porque por ejemplo, si yo digo ‘Pobres todos los que no están en esta pieza’, ¿estoy diciendo algo?” (493)
En esta pregunta vuelve a latir la intemperie: los que están afuera son los que aparecen dentro del televisor que ilumina a Roque mientras habla con su esposa muerta. Son pobres porque padecen la violencia del desastre del 2001. Roque insiste con su frase misteriosa y compasiva:

–Pobre la gente que no está en esta pieza –decía–. Pobres todos los que no están en esta pieza.
Lo dijo tantas veces que creyó o soñó que aparecía en uno de los sobreimpresos de la televisión, mientras un hombre oriental lloraba frente a las cámaras. (494)

Los de adentro y los de afuera confluyen dentro de esa caja donde todo reverbera. No hay intemperie posible. Roque, como Romero, lo sabe. Sin embargo insiste con retomar el relato y apagar la televisión, aunque más no sea por un rato: “Roque, a su pesar, abandonó el cuarto y se sumó a la triste realidad de los que no estaban ahí. Antes de salir, apagó la televisión”. (494)
Es sobre la “malvada arquitectura” de esa caja donde se juega lo que dice esta extensa reivindicación del relato verbal. El marco de la novela plantea un recorrido que toma el epígrafe de Chesterton como punto de partida: del árbol a la torre al comienzo, de la torre al árbol al final.
¿Es posible regresar al árbol?
¿La intemperie de la que habla la novela es la naturaleza?
¿“Esas islas dolorosas y ese río laberíntico y reverberante” (508)?
Más que la luz de la naturaleza, lo que reverbera de principio a fin en el texto es la luz oblicua de los televisores y del cine. La música, ya sea en tocadiscos, en walkman o en discman, hace las veces de banda de sonido. Se trata de la cultura en su versión masiva y popular, que todo lo alcanza. Y si, como dice en el último párrafo, “un día habrá tanta luz que, por fin, Roque Rey podrá caminar sobre las aguas” (508), será porque alguien adaptó la novela a la pantalla grande y lo están filmando.
Por ahora basta con el libro para entregarnos a una historia, la de alguien que baila con los zapatos de un muerto, pero también la de alguien que no se resigna a dejar de contar y ya desde el título marca ese afán subrayando, como hizo David Lynch en el ámbito del cine con su Historia sencilla allá por 1999 (The straight story, traducida como Una historia sencilla), que se trata de una historia, nada más.

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