“El espanto de escribir sobre una muerte y sus detalles” por Adriana Mancini
La noche será negra y blanca de Socorro Venegas. Buenos Aires, Ediciones La parte maldita, 2024 (2009), 125 págs.
Vestido de novia de Socorro Venegas. Buenos Aires, Ediciones La parte maldita, 2025 (2014), 128 págs.
Ceniza roja de Socorro Venegas. Ilustraciones de Gabriel Pacheco. Madrid, Ediciones Páginas de espuma, 2022, 90 págs.
Todo el mundo conjetura –así lo siento– el grado de intensidad de un duelo.
Pero imposible medir (signos irrisorios, contradictorios)
hasta qué punto alguien ha sido alcanzado.
Roland Barthes
Editora, docente, escritora multipremiada en su México natal, Socorro Venegas entrega para su edición en Argentina dos novelas –La noche será negra y blanca, El vestido de novia– que abordan una temática inasible y difícil de representar: el duelo cuando acontece la muerte de un ser amado. La exquisita edición ilustrada de Ceniza roja, una suerte de diario con escasas entradas fechadas, forma parte de la misma atmósfera de dolor que se imprime en las novelas citadas. La muerte es el hilo conductor que las enlaza, las hermana estoicamente con una loable apuesta a la vida.
Consejo de psicoanalista mediante, sabemos que la escritura puede restañar heridas, aliviar dolores, prometer aquello que la vida escatima. Otra dimensión, una propuesta ilusoria. El arte sublima y en este sentido permitiría alejar los miedos anidados en el ser.
Por su parte, desde la teoría literaria surgen líneas que se interceptan en ese punto temporal y misterioso al que los seres nos dirigimos, inexorablemente, pero que se actualiza sólo en el presente de un “Otro”.
La “muerte” condensa experiencias y relatos; la “muerte del autor” implica ceder la voz de la propia experiencia a otro que la narra implicando una distancia constitutiva de la ficción; así como la muerte de la palabra de uso coloquial deja lugar a su homónima en un lugar otro o, incluso, supone –de suyo– el desplazamiento del referente hacia un campo virtual o físico para su representación.
Sin embargo, en el devenir de la lectura de estas dos novelas tintinea con fuerza, respetando la distancia conceptual en tanto muerte individual, tomando la estructura formal y reconociendo cierto rasgo confuso en la argumentación de la hipótesis, la premisa de Marguerite Duras [1] acerca de su experiencia al observar la lenta y dolorosa muerte de una mosca atrapada en un muro y la relación con la escritura. “La muerte de una mosca: es la muerte. […] Está bien que escribir lleve a esto, a aquella mosca agónica, quiero decir escribir el espanto de escribir” (43). Tal vez, podría agregarse: “el espanto de escribir” …sobre una muerte y sus detalles. Duras completa: “Sí. Eso es, esa muerte de la mosca se convirtió en ese desplazamiento de la literatura” (46).
Con una prosa sutil, con palabras delicadas elegidas con precisión, construye frases luminosas de escenas de profundo dolor; así Venegas demuestra un dominio estético admirable en la escritura literaria. Un proceso muy acertado de estilización para narrar la búsqueda de un padre alcohólico, incapaz de superar la muerte de su hijo, una madre que pretende afirmarse en lo cotidiano para avanzar en la vida, una abuela cómplice y sabia y, fundamentalmente, la muerte prematura y accidental de un hermano querido. El dolor de esa muerte atraviesa todo el relato; no cesa ante fugaces amores, ni frente a las comidas que le prepara su madre. Sí, en cambio, resultan funcionales al relato los encuentros con un escritor –Eugenio Millá– a quien la protagonista visita asiduamente con el inestable propósito de hacerle una entrevista para el medio en el que se desempeña. Ésta, la del escritor, es una figura central en la novela pues contiene a la protagonista a quien le cambia el nombre durante los encuentros, y la incita a escribir en un “cuaderno rojo” el itinerario que emprenderá en busca de su abuela y de su padre. Vuelve el “cuaderno rojo” a su mentor. La lectura de ese texto cuyo título –“La noche será negra y blanca”– coincide con el de la novela de Venegas, conjuga todas las muertes: finalizan ambas ficciones, la del libro de Venegas, y el escrito del “cuaderno rojo” y la de ambos protagonistas. “Dos decapitados y solos, porque era necesario quedarnos vacíos, desposeídos de relatos, historias y memoria”. (125) La joven protagonista es rescatada de su nombre falso y recupera su identidad ante los ojos del escritor que destina su último aliento –“el último Lucky Strike del mundo” (125)– a leer las notas de “La noche será negra y blanca” que en espiral señala la novela de Venegas.
“Pelar una cebolla enseña al alma más que muchos sermones y sesiones de psicoanálisis” (13). Leemos esta afirmación cuya voz pareciera llegar desde las afueras de las voces que entraman el texto. La imagen de tapa, muy atractiva y certera en la representación, se compone de una cebolla central, lograda en sus formas, rodeada de seis perfiles que como faces de la luna expresan sus negros y blancos en el transcurrir de una noche.
El singular diario ilustrado que compone Ceniza roja podría pensarse como un eslabón entre estas dos novelas. Es cierto, su edición en papel data de 2022, aunque podríamos considerar versiones digitales previas. Lo cierto es que aparecen los mismos motivos y el mismo tema levemente disfrazados. Por ejemplo, el pelar cebollas se reemplaza por un psicoanalista cuyo apellido –Millán– remite a Millá, el escritor de La noche será negra y blanca. El duelo es por la muerte del marido de la escritora del diario al que menciona con “A”, inicial coincidente con el nombre “Aldo”, marido muerto en el Vestido de novia. Y en la entrada del 22 de mayo, otra vez, recurrente, tintinea en la prosa poética que engalana en ese diario la premisa de Duras: “Estas letras que veo surgir, ¿puedo preguntar cómo las leeré después? ¿Qué me dirán?” (84).
| Con una prosa sutil, con palabras delicadas elegidas con precisión, construye frases luminosas de escenas de profundo dolor |
La frase, o mejor, el verso por su tono, “No sé cómo seguir acariciando cenizas” (84) de Ceniza roja, nos introduce en Vestido negro.
La protagonista de este relato pareciera cultivar con la simbología de palabras y escenas que presagian la muerte, el dolor del duelo. Negro es su vestido de novia, negra la vestimenta nupcial de su joven esposo, negras o cuasi negras son las mariposas que revolotean la atmósfera; negra es la bella cala invertida –semeja un hábito de fiesta– que ilustra la tapa del libro y “Negro” es la palabra prescindible que encabeza algunos de los breves capítulos de la novela. “Quizás desde niña, cuando seguía esas mariposas, ya era una viuda en estado larvario” (46).
Acariciar, regodearse con las cenizas de ese cuerpo amado y perdido es el derrotero de la muy joven esposa protagonista, hasta que insegura del destino de las mismas, mucho tiempo después, descubre que la urna rescatada del nicho no las contiene. Y se pregunta “¿en cuánto tiempo arde lo que uno ha amado?” (50). El fuego consume y transforma y algún día el deseo obturado de un hijo surge con la fuerza de “un río que sale de cauce” (86) y la salva.
[1] Marguerite Duras. Escribir. Barcelona, Tusquets. 1994.
Comentarios
Publicar un comentario