“La memoria sonora del cuerpo” por Rosana Koch
Guaranga de Paz Solís Durigo. Buenos Aires, Caburé, 2024, 112 páginas.
La novela Guaranga, escrita por Paz Solís Durigo, relata en primera persona los diez días previos a la cirugía de una mujer a la que le han detectado cáncer de mama. Cada día es un avance hacia la operación en la que se le extirpará el tumor y le sacarán una parte del pecho izquierdo. El instante en que su doctora le comunica la noticia no solamente introduce la enfermedad, sino que además organiza toda la narración y delimita un modo particular de leer el cuerpo. Ese gesto inicial, que la novela lo presenta como un umbral y no como un simple dato clínico, condensa una dimensión biopolítica: el cuerpo de la protagonista queda capturado por los discursos médicos, institucionales y normativos que regulan la vida y la muerte.
La frase “Es cáncer” nombra a un cuerpo enfermo y lo ubica en un régimen de vigilancia y protocolos estandarizados, accesos o exclusiones que se traducen en posibilidades concretas de supervivencia o abandono. En otras palabras, nos exhibe las injusticias y desigualdades del sistema heteronormativo neoliberal. La enfermedad irrumpe, desestabiliza y, al mismo tiempo, abre paso a un quiebre que divide la realidad de la protagonista: “Esto es el antes y el después de todo (…) Este estorbo a la cotidianeidad, a la estabilidad del cuerpo, me arranca la certeza de quién soy. De quién quiero ser” (10).
Mientras la narradora se encuentra en la sala de espera, le surge una pregunta central: ¿cómo empezar a reconocerse en otros cuerpos antes de que el propio sea intervenido? Con una evidente pulsión vouyerista, navega en internet donde las tetas son todas blancas y grandes, poniendo en escena el mandato estético y jerarquizando el cuerpo en términos de belleza y, por ende, de consumo. Sus palabras condensan el sentido de sororidad: “Indago [en internet] y me abrazan experiencias” (47), “Hay un lugar/ en el que mi futura cicatriz/ me une a otras mujeres” (47). Así, incorpora dos imágenes (las cicatrices de la cuadrantectomía que le realizarán y la mastectomía) que dan cuenta de la crudeza de sus huellas: los cortes en la parte superior al pezón y la mutilación completa de la mama. Al rastrearlas como testimonio visual en la web, desliga su experiencia de lo estrictamente personal y la sitúa como una marca posible dentro de una serie infinita, inscribiendo el propio cuerpo en un archivo visual compartido y, en especial, colectivo.
En las representaciones literarias, la enfermedad suele elaborarse como un punto de inflexión desde el cual se reinicia el relato de la vida y, muy especialmente, se reinterpreta la propia existencia, ya que expone al sujeto a su propia vulnerabilidad. La escritura podría funcionar, así, como un dispositivo que intenta restaurar ese agujero de significación implantado en el cuerpo. En palabras de Jean-Luc Nancy, el “intruso” será parte constitutiva de la propia subjetividad [1].
Sin embargo, Guaranga nos propone una inflexión que es la que más le interesa a Solís Durigo: deconstruir el imaginario de esa afección como una forma de otredad instalada en el cuerpo interior de la protagonista. Más precisamente, su narración en primera persona confronta la autoridad del discurso médico como el único espacio habilitado para la producción y circulación de sentidos. Las enfermedades no se traducen en hechos meramente físicos o biológicos, son construcciones culturales saturadas de significaciones e investidas de valores en función del contexto en que emergen.
Si bien el tumor irrumpe, la temporalidad del hospital se superpone con la temporalidad de la infancia cuando la protagonista escucha el tono guaraní de la doctora misionera radicada en el barrio de Once, en Buenos Aires. Es ella quien le diagnostica el cáncer en su pecho izquierdo, pero el anuncio no llega desde un afuera neutro o ajeno, sino de una voz que resuena desde un territorio afectivo y lingüístico ligado a su origen: “Un tono del pasado está latiendo. De nuevo. En otra boca. En otra voz. Ahora, pronostica mi cuerpo” (10). Esa familiaridad convoca un linaje femenino y reaviva voces tutelares que desbordan la experiencia individual del diagnóstico. El acento de la doctora es igual al de su abuela, al de “mi jarýi Ramona que vuelve, hecho una yarará, a sacudir mi vida -de nuevo-” (11).
En este sentido, el cáncer funciona como un dispositivo que le permite reabrir la lengua de su infancia. La enfermedad nos introduce, de este modo, en un doble movimiento: somete el cuerpo al protocolo médico, y principalmente, impulsa un retorno a la lengua madre, heredada, silenciada, cuya potencia simbólica desarma cualquier lectura puramente clínica. En este punto, quiero señalar que la novela reescribe los límites entre cuerpo, lengua y memoria porque nos muestra que la subjetividad se transforma cuando la lengua heredada vuelve a sonar. Esa reactivación no se lee como nostálgica: es política, es vital y es profundamente literaria.
La lengua de origen, el guaraní, que vuelve como memoria encarnada y como herencia compartida con su abuela Ramona y su tía Cúia, ambas del Litoral argentino, se configura como un lazo que la protagonista revive en el contexto del diagnóstico. Mientras la narradora enfrenta la enfermedad, también debe confrontar la estigmatización histórica del guaraní, la lengua que estructura su infancia y su genealogía femenina. Allí donde el cuerpo se vuelve vulnerable, la lengua se vuelve refugio, herencia y una forma de resistencia. Desde ese lugar, la escritura es un movimiento continuo cuya intencionalidad es leerles en voz alta a sus ancestras, a las que hablaron antes que ella, a las que transmitieron sus saberes.
Ahora bien, resta desentrañar el título: ¿qué otros sentidos se activan en el término guaranga y de qué modo esa palabra se vuelve portadora de representaciones simbólicas? No quedan dudas de que es una expresión nacida para herir, pero que en la escritura de Paz Solís Durigo se redefine como un territorio donde la mujer guaraní hablante recupera su voz y reescribe su propio cuerpo.
En el centro de la contratapa se enuncia lo siguiente: “Guaranga: deseante, rabiosa, envidiosa. Guaranga: teta rebelde, lengua grosera, abuela en mí. (...) Guaranga para borrarla. Guaranga para estandarizarla, para imponerle el español”. Y, sobre todo, en la mitad de ese párrafo, la autora designa guaranga como “palabra-arma”, utilizada para atacar a la mujer guaraní hablante, a la “mal hablada”. Quizás, ese paratexto nos posiciona en una especie de manifiesto: además de revelar la lógica colonial del término, simultáneamente, nos declara su reapropiación.
| Guaranga exhibe la potencia luminosa de un linaje femenino-guaraní que observa, que habla y que decide |
Llamar “guaranga” a una mujer guaraní hablante significó históricamente un modo de deslegitimar su presencia social, de ubicarla en los márgenes de lo decible, de silenciarla y de señalar su falta de civilidad, puesto que el guaraní fue y continúa invisibilizado sistemáticamente en la constitución de la identidad nacional argentina, reducido a una lengua minoritaria y salvaje. Solís Durigo da vuelta la expresión para inscribirla en otra dimensión política: ser guaranga es asumirse heredera de un linaje femenino indócil. La “palabra-arma” deviene potencia, cuando siempre había resonado como estigma.
La portada de Guaranga continúa este mismo hilo interpretativo. Una virgen (o bien una figura sagrada femenina) aparece enmarcada por girasoles, anticipando este cruce entre la espiritualidad popular, lo corporal y lo vegetal. Como gesto visual, nos instala en un orden simbólico donde la enfermedad no se concibe como una otredad aislada, sino enlazada con un linaje femenino y espiritual que desborda el cristianismo normado.
Una de las primeras frases que escribe Susan Sontag en La enfermedad y sus metáforas es: “La enfermedad es el lado oscuro de la vida” [2]. Aquí, la luz prevalece aún en el umbral oscuro del pronóstico, sin negarlo, pero a través de otro espacio simbólico. Los girasoles son flores que siguen la luz y que se orientan incluso en las sombras. Me recuerda las palabras de la escritora nómade Luisa Valenzuela cuando hace referencia a cambiar su rumbo hacia el este para hermanarse con los indios tupís guaraníes “en su mítica búsqueda de la Tierra sin Mal” [3].
El cáncer no es leído como castigo ni enemigo abstracto, sino como una piedra viva (itakarú) que proviene de ese universo de la cosmología guaraní. La narradora llama a su tumor Maritza, a la vez que le pregunta, personificándolo: “¿En qué idiomas se escriben las cicatrices, Maritza?” (47). Tiene la forma de una piedra gris y peluda como la que guardaba la tía Cúia en un frasquito colgado entre sus pechos y protegido por un ritual misterioso y oculto para la protagonista. Ella rememora la enseñanza de la tía Cúia: la piedra “crece con limadura de hierro” (20), pero también “crece con palabras” (20) porque “taaan poderosa es que concede deseos, si le alimentan también con la voz” (20). Estos enunciados no remiten a una operación metafórica tal como lo concebiría la tradición occidental, sino a una forma otra de existencia que se afirma en toda la obra y se relaciona directamente con la noción que Marisol de la Cadena llama “entidades no humanas” [4], es decir, fuerzas que no pueden reducirse a objetos naturales ni a símbolos, porque pertenecen a un plano ontológico que el modernismo colonial ha negado sistemáticamente al clasificarlo como superstición, ritual o folklore.
Los moldes discursivos que despliega la escritora para relatar su historia son variados: van del canto a la oración o al rezo, poemas en verso libre, evocación autobiográfica y rituales. Todos conviven con un mismo ritmo fragmentario que segmenta la linealidad narrativa del diagnóstico médico para abrir grietas (o cortes discursivos bien demarcados) donde irrumpen genealogías femeninas. Lo anuncia la portada: Guaranga exhibe la potencia luminosa de un linaje femenino-guaraní que observa, que habla y que decide. Solís Durigo reescribe los límites entre cuerpo, lengua y memoria sonora.
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[1] Nancy, Jean Luc. El intruso. Buenos Aires, Amorrortu, 2006.
[2] Sontag, Susan (2024). La enfermedad y sus metáforas. Buenos Aires, Debolsillo, p. 11.
[3] Valenzuela, Luisa. Diario de máscaras. Buenos Aires, Capital Intelectual, 2014, p. 180.
[4] De la Cadena, Marisol. “Política indígena: un análisis más allá de ‘la política’” en: Revista de Antropología Iberoamericana, vol. 5, n. º 2, 2010, p. 147.
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