"Envejecer para no morir", por Emilia Sofía Cotutiu
Vida, vejez y muerte de una mujer del pueblo, de Didier Eribon. Buenos Aires, El cuenco de plata, 2024, 232 páginas. Traducción de Silvio Mattoni.
Un ensayo sobre la senectud, un diario sobre la ancianidad. A poco de desarrollar una etnografía de la vejez, Didier Eribon se nos sugiere observador y participante en la narrativización y biografización de su madre anciana. El filósofo francés, fiel a la crudeza que perfecciona la mente de un teórico, escribe sin menoscabo acerca de las crueldades del envejecimiento de una mujer de ochenta y siete años hasta su muerte. En Vida, vejez y muerte de una mujer del pueblo enfrentamos el encuentro con la ancianidad ajena "(quizás, habría que decir, en este estadio, la senilidad)" (81).
Vida, vejez y muerte de una mujer del pueblo delata el harto conocido fenómeno de la burocracia intrínseca en la inserción a los geriátricos; inserción que, en la mayoría de los casos, no es sólo deficiente, sino también deplorable en lo que respecta a los recursos y a la calidad de atención destinados a estos centros. Eribon trabaja particularmente con los llamados Ehpad, instituciones dedicadas al alojamiento de personas dependientes de cuidados, en Francia.
A lo ancho y largo de estas páginas, analiza, descifra y teoriza sobre la "fatalidad del envejecimiento" (24): las condiciones de vida de quienes se insertan en los geriátricos; las particularidades del "universo de la convivencia forzada" (56 ) entre personas ancianas desconocidas en tales espacios; el desfasaje identitario y el atentado contra la libertad individual entre "interacciones informales y no codificadas" (57); la historia del hábitat y de la vivienda urbana en vinculación con el crecimiento demográfico de la población anciana y la consecuente inversión de la estratificación poblacional; la "falla temporal" y la transformación en la relación tiempo-individuo de una persona anciana confinada a asilos que imponen desde horarios hasta sociabilidades durante la "espera de la muerte" (55); el malestar y la expresión de la rebelión de aquellos/as viejos/as que resisten vincularse con otros/as mayores en su intento por escapar de la senilidad ineluctable; los consecuentes riesgos del "síndrome del desplazamiento" (95); la "pena de amor" (108) que puede intervenir en tal resistencia; la mortandad habitual de quienes no consiguen aclimatarse al ingreso definitivo a los geriátricos; el peso de las determinaciones históricas de una sociedad edadista, y los avatares de la intervención del Estado en la gestión política y social (y pública) de la edad avanzada.
No falta tampoco el análisis de la pérdida de roles entre el viejo ser activo y el nuevo ser de la "edad y la debilidad física que constituyen marcos, cadenas, 'prisiones' que reducen a la nada todo lo que pudiera subsistir de la fuerza para escapar del destino [...]" (24). En ello, Eribon destina parte de su obra a teorizar sobre su rol y relación como hijo de esta "mujer del pueblo", y a desentrañar las causas socio-económico-intelectuales que fundamentan el distanciamiento entre ambos: desde su homosexualidad, los habitus lingüísticos que los alejan hasta las diferentes clases sociales que cada quien ha llegado a ocupar a lo largo de su vida.
Pese a toda crudeza que podamos encontrar en estas páginas, y la angustia como posible respuesta ante esta obra, para Eribon, "¡[y] sin embargo!", la conclusión terrible pero precisa es que "envejecer es el único medio para no morir" (94).
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