“Una gran sopa de umbral” por Andrés Manrique





La realidad absoluta de Luis Sagasti. Ciudad de Buenos Aires, Eterna Cadencia, 2026, 144 págs.


La realidad absoluta es el nuevo libro de Luis Sagasti. Con el presente volumen (ocho ya editados por Eterna Cadencia) podemos hablar de Biblioteca Eterna Sagasti. Una biblioteca que nos instala, sobre todo, ante el placer de la lectura, del pensamiento, de la curiosidad. El presente tomo se convierte, igual que las otras redes que ha tejido con forma de libro, en la nueva telaraña que une puntos distantes formando constelaciones que curvan el espacio-tiempo. En los nueve textos, que llamamos cuentos porque no encontramos mejor precisión que los reúna, va de la anécdota curiosa al dato histórico. Parte de sus afinidades, aciertos y casuales hallazgos para esbozar maquinarias con las que proyecta anécdotas posibles a partir de hechos en el pasado que acaso no hayan coincidido en momento ni en lugar. Sus textos expanden la libertad de asociar San Jorge y el Dragón, el cuadro de Tintoretto, con la fotografía que toma Eduardo Longoni del caballo de la policía arremetiendo contra las Madres de Plaza de Mayo. La perspectiva, el ángulo contrapicado, el árbol pelado cuyas ramas irradian como relámpagos negros: la razón boquea al borde de esta realidad. Alcanzamos a oír el antiguo rumor de estas distancias. Se amplía el rango imaginario porque si eso pudo unirse con aquello, ¿quién podría negar que con esto otro, no? 

Los mecanismos de anticipación que se activan ante un escritor con el que estamos familiarizados aquí caen como hojas que, desprendidas, pueden convertirse en la radiografía de un ángel o, al pie del árbol, desarrollar las alas para volar como un vampiro enamorado de una bala de plata. Internarse en un texto de Luis Sagasti es nunca saber dónde va a dejarnos, cuál es el destino ni, mucho menos, el recorrido por donde nos llevará. No hay barandas, escudos ni cascos o arneses. El narrador va soltando pistas como las migas que podríamos dejar, no para identificar el camino de vuelta, sino a fin de aventurarse por las múltiples direcciones que los pájaros señalaron en el cielo. No sabemos cómo, del trazo de un relámpago en una pintura del renacimiento, de golpe estamos navegando por un río en Vietnam, pero allá vamos: “el riesgo es perderse en una red de correspondencias y relaciones donde poco a poco, a la manera de Kurtz en el río de Vietnam, la razón rectora quede varada en los confines del entendimiento” (82). Tampoco sabemos de qué manera se puede enfocar, aunque sea por los instantes en que dura la frase, la mirada que un camionero le dedica al caminante que une a pie Múnich y París, convencido de que su andar sobre el hielo va a curar a la amiga enferma. La línea que une los puntos es la de un no saber motivado por la esperanza. Porque no se sabe, pero podemos.

Entrar en la literatura de Sagasti es abrir los ojos bajo un agua en que podremos seguir respirando tanto como observemos que nada existe por sí solo, que todo se vale de algo más y siempre de otra cosa, más o menos alejada en el tiempo y el espacio: “Y porque permite vislumbrar por un instante la eterna armonía que subyace en lo plural y lo simultáneo, un lenguaje de tal índole tendría la inusual potestad del consuelo. Siquiera durante ese parpadeo” (72).

Prosa del Observatorio (1972) es un antecedente de este mirar. La metáfora que promueve Julio Cortázar allí, luego de haber recorrido y fotografiado el observatorio de Jaipur, en India, enlaza la vida submarina a la de las estrellas. En ese observatorio, construido hace más de trescientos años, capaz aún de dar la hora con dos segundos de diferencia respecto de los relojes de nuestra época, Cortázar entabla alianzas entre las profundidades del cielo y del mar. Pariente de estas asociaciones es el autor de Leyden Ltd (2019) y de Lenguas Vivas (2023). Atisbos que originan otro vínculo con el conocimiento. Un conocimiento que acicatea la curiosidad, cercano al orden por correspondencias aleatorias más que a un amañado concepto de verdad porque, tal como afirma el autor… “no hay manera de iniciar un rompecabezas” (105).

Dibujos que un niño hace dejando que el marcador trace el camino hacia un lugar que está adentro. Pasajes cuya sustancia se compone de una mezcla donde la imaginación y el recuerdo cruzan pensamientos enhebrados en amable confusión. Una confusión que no deviene de un ir y venir alocado, sino de parentescos entre la arquitectura de algunos hechos, entre lo que impulsó una y otra cosa que, a priori, no tienen nada en común, pero su prosa consigue unir a través de parentescos simbólicos. Anécdotas que se tocan sobre un borde que funda un territorio de escaleras que dan al aire. Rincones que no existen sino hasta que la misma tela trama, de arista a arista, su enigmático trasluz, su imaginario vaivén. 

En “Manta Boreal”, por ejemplo, el tercer texto del volumen, el narrador se refiere a los restos del Ser. Algo que, como el Aleph de Borges, sólo se encuentra a condición de perderse. El personaje principal del cuento, un profesor de filosofía, que aparece en otros textos del volumen, enhebrado por ahí también, es un hombre común. Un niño lo conduce hasta el rincón de un granero, y el profesor hace lo mismo que hubiera hecho cualquiera, intenta atrapar los restos del Ser. Para ello, usa un “tupper de pírex con una tapa de plástico azul”, luego de plantear que “la elegancia es el atributo más convincente de la metafísica” (54). El humor le da cuerpo al relato, y los restos del Ser pasan a pegarse entre los dedos, o desparramarse por la cara como una crema de afeitar. “El viejo profesor no puede evitar entonces una idea que desde hace tiempo busca una forma para sus límites. (…) Debe quedarse allí, con la cabeza ocupada por lo que aún es boceto, pura liquidez, atmósfera (…) Una gran sopa de umbral, confusa y ambigua; donde todo es posible porque nada se recorta con nitidez: los contrarios aún no se han revelado como tales y todo se transmuta de continuo en otra cosa” (62, 63, 64). 


| Las visiones del autor hacen pie en un territorio concreto donde el dato alumbra con un haz de luz propia algunos hechos dolorosos de la historia |


El autor trae a Aby Warburg para contar su desgraciada historia con bellas pinceladas, “como si las palabras lo ayudasen a mudar de piel” (74). Y cuenta la misión del historiador alemán, imposible y bella: “cuando, gracias a la agricultura, las sociedades se organizaron en torno a los excedentes, a lo que ha de aprovecharse más luego, el tiempo desplegó su definitivo señorío sobre las cosas del mundo. El pasado y el futuro compartieron ganancias: el presente, que hasta entonces había recubierto el orbe con su crisálida, obtuvo de su escarcha la delgadez y la fragilidad. Y como para poder caminar sobre ella sin quebrarla uno debe encontrarse vaciado de palabras, los hombres multiplicaron los símbolos e imágenes por mil a fin de reintegrarse con lo creado en inalterables ceremonias” (74). Por ello Warburg, plantea Sagasti, intenta el Atlas Mnemosyne: cientos de fotografías y pinturas organizadas sobre paneles móviles para observar las trasmigraciones simbólicas de las imágenes, entre diversas culturas. Nomás que otra forma de responder a la fascinación por la imagen a fin de reintegrarse con lo creado.   

Las visiones del autor hacen pie en un territorio concreto donde el dato histórico, como el bombardeo a Plaza de Mayo por parte de la Marina, en 1955, o el secuestro de Rodolfo Walsh en 1977, o la cordura perdida por traumas de guerra, o la locura ganada por la poesía, alumbra con un haz de luz propia algunos hechos dolorosos de la historia. Nada escapa a la irrefrenable libertad de asociación que el autor pone en juego. Y esto promueve que algunos hechos social e históricamente conocidos, bajo nuevas alianzas, se revisiten con nueva perspectiva.


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