“Los hermanos, el gato, la ruta y el hotel” por Adriana Mancini




Estación Saturno de Fernanda García Lao. Barcelona, Candaya, 2025, 144 págs.

Estación Saturno de Fernanda García Lao. Buenos Aires, Entropía, 2026, 145 págs.


Tres capítulos –“Superficie en duelo”, “Luz destino incierto”, “Emanación sin tiempo”– compuestos a su vez por una serie irregular de subcapítulos de extensión variada que incluyen además fragmentos, partes presentadas sin excepción por títulos, subtítulos y breves sintagmas que anuncian las escenas representadas en ellos, componen esta singular y desconcertante novela de Fernanda García Lao. Su título, Estación Saturno, indica un pueblo imaginario de donde sus personajes innominados son oriundos. Sin embargo, el entorno de esa localidad ficcional es geográficamente ubicable en el centro-oeste de la provincia de Buenos Aires. Las referencias a ciudades y locaciones son de fácil reconocimiento para el lector local, tal como por ejemplo, la ciudad de Guaminí  y la laguna homónima o Laguna del Monte. El referente real en la novela y la fantasía ficcional en ella desplegada se montan en un vaivén que, finalmente, se ancla en la desmesura de efectos alucinados, en los que predominan el deseo sexual y su consumación explícita y reiterada en un espacio laberíntico.

El comienzo de Estación Saturno es promisorio, y la idea argumental que se va hilvanando en los primeros fragmentos, atractiva. Dos hermanos, un médico y su hermana productora de tulipanes en su casa natal, donde aún vive su madre que alguna vez crió gallinas y fue pianista, viajan juntos en un auto por una ruta que los llevaría de regreso a una ciudad después de haber participado del funeral de otro hermano, también médico y por momentos casi percibido por el hermano en vida como su “doble”. El desencadenante de los avatares sucesivos es un gato. El gato del hermano muerto que deja como herencia y que los deudos no pueden desentenderse de su cuidado. En una de las paradas en la ruta el gato se escapa y su búsqueda será el motivo aparente del desarrollo argumental. 

Lo que podría haber sido leído como una road movie con componentes ingeniosos se convierte en una narración que se mimetiza formal y temáticamente con los juegos típicos de la Playstation, en los cuales los personajes son guerreros que avanzan en un espacio-tiempo indeterminado o fuera del espacio-tiempo reconocible y enfrentan a otros personajes alienados o fantasmales, sorteando dificultades insospechadas, tal si estuvieran insertados en una cinta de Moebius. Pienso, por ejemplo, en World War Z, que antes de ser un videojuego cooperativo, fue una novela de zombis y una película.  

Hay un punto de quiebre en Estación Saturno que podría anunciar la entrada al universo  onírico. Por una mala maniobra en la ruta, la lluvia, la oscuridad, la cercanía de una muerte y la preocupación por no encontrar al gato “el auto patina, se bandea de cola igual que una sirena recién emergida” (43). A partir de esa instancia hay un cambio de registro: “El mundo tiene ganas de ser otro” (36), “el auto va solo” (47).




“Una rotonda mal iluminada. En la primera salida se distinguen unas luces” (47): los hermanos transitan ese espacio y desembocan en un hotel donde las experiencias son tales que en algún momento al hermano “le parece que el hotel es un juguete hecho de engaños, que han sido seducidos, que la muerte los puso en ese lugar confuso: que la vida aliena. Las aguas están malditas y distribuyen su locura” (121-122 resaltados míos).

La cita muestra una de las tantas veces en que la novela se retuerce sobre sí. La prosa, conducida por un narrador que pasa de la tercera persona a una primera muy ligada a los personajes, se ve interrumpida por una voz sin referente nítido, esa a la que Foucault atribuye al autor [1]. Así, como de la mano del autor, van los  títulos, subtítulos y advertencias que, en su sumatoria, no favorecen ni a la trama ni a la lectura. 

El narrador cierra la novela retomando algunos de los motivos que salpicaron la trama. Una gallina de cerámica, un silbido de tren, un sol que trepa enardecido hasta oscurecerse, un gato jugando con la rana, las manos de la madre tocando una melodía sobre la tapa del piano. Y, otra vez, la  voz autoral –“El mundo es breve, un punto indiferenciado” (137)– y la intuición de la hermana –“la escena es falsa” (137)–, delatando el reverso de la figura en el tapiz. 



[1] Cfr. Michel Foucault. De lenguaje y literatura. México, Paidós,  1994.


Comentarios