"Perversiones al alcance de la mano", por Nicolás Hochman

Oscura monótona sangre, de Sergio Olguín. Buenos Aires, Tusquets, 2010.

Oscura monótona sangre es la historia de un tipo cualquiera, que después de trabajar toda su vida consigue subir un poco en una escala social que él percibe con forma de castas, en las que el movimiento hacia arriba es algo excepcional. Un hombre gris que sale de Zona Sur, y que por esas contingencias de la vida termina siendo otro hombre gris, dueño de una fábrica, codeándose con empresarios y viviendo en Barrio Norte. Un humilde trabajador devenido en (no tan) pequeño burgués que consolida una familia, que manda a sus hijos a la universidad, que puede comprarse un auto de esos que dan envidia. Un señor respetable, con mucha gente a cargo, capaz de enfrentarse a un contador, coimear a media policía o manejar los hilos de un consorcio. Un sujeto independiente que no tiene brechas en su identidad, que sabe lo que quiere y que por eso va y lo toma. Un individuo que un día, por esas cosas del destino (o de la elección de Dios, o de un desliz de ese inconsciente imposible de controlar), comienza a hacer todo lo que no debería estar haciendo.
¿Qué es lo que no-se-debería-hacer? En una sociedad posmoderna, en el siglo XXI, en la Argentina de los vivos y los piolas, la pregunta puede pecar de ingenua o moralista, pero Sergio Olguín se ocupa de demostrarle a sus lectores que siempre hay límites para alcanzar. Por ejemplo, que el protagonista comience a ir sistemáticamente a una villa de Pompeya para tener sexo con nenas de doce años. Por ejemplo, que en una de esas aventuras termine matando a un chico que buscaba robarle el estéreo. O que se ocupe de ocultar todas las pruebas. O que siga viviendo su vida como si nada. O que saque a una de las nenas de la calle, para instalarle un departamento y soñar con dejar a su familia y comenzar una nueva vida junto a ella. O que la historia evolucione como lo hace (ya sería desleal por mi parte seguir adelantando información).
Esas son cosas que no-se-deberían-hacer.
Dice Jacques-Alain Miller que únicamente los inocentes tienen sentimientos de culpabilidad. Que los culpables no. Que la única preocupación de los culpables es no ser sometidos a la justicia. Y eso es lo que ocurre con el protagonista de esta historia, que repentinamente se ve envuelto en un entramado que hace peligrar toda la seguridad que fue adquiriendo con los años, ya que, como salido de una página de Nabokov, no puede resistirse a una Lolita que hace brotar sus pulsiones más primitivas, menos racionales. Un Raskolnikov sudaca y muy moderno, que sabe que cometió un crimen y que nadie más lo vio. Y que precisamente por eso encuentra un punto de ruptura y no-retorno, que lo lleva a realizar acciones de manera obsesiva. Un poin de capiton que no es más que un quiebre retroactivo, a partir del cual su vida se resignifica, y esa identidad (idéntica a sí misma) se fragmenta hasta transformarse y transformarlo en un nuevo sujeto.
Los actos, indefectiblemente, tienen consecuencias, y no siempre son las que podemos prever en el instante de matar a una usurera.
La novela está muy bien narrada y posee un ritmo vertiginoso que prácticamente no decae a lo largo de las casi 200 páginas. Probablemente eso explique en parte por qué Tusquets, con un jurado compuesto por Juan Marsé, Almudena Grandes, Jorge Edwards, Élmer Mendoza y Beatriz de Moura, consideró que el libro era merecedor del premio de la editorial (una tirada de varios miles de ejemplares, curriculum vitae y una dote de veinte mil euros). No es poca cosa. Pero tampoco sorprende, si miramos el prontuario de Sergio Olguín: graduado en Letras en la UBA, fundador de V de Vian, primer director de El Amante, periodista desde hace más de veinte años, jefe de redacción de Lamujerdemivida y responsable de cultura del diario Crítica de la Argentina, además de ser autor y editor de varios libros.
Inquietante y angustiante, Oscura monótona sangre cumple sus propósitos: funciona en el marketing del mercado, entretiene al lector y lo fuerza a un ejercicio reflexivo muy incómodo. A través de la identificación con el personaje principal, el lector/voyeur está invitado a experimentar la culpa del que se sabe inocente, pero también el deseo indebido de ser ese otro aunque sea por las páginas que siguen. Un acierto de Olguín, quien explora algunos recovecos de la condición humana a través de una historia simple, accesible y al alcance de las perversiones de cualquiera de nosotros.

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