“Certificación de lo invisible”, por J.S. de Montfort

Una belleza vulgar, de Damián Tabarovsky. Barcelona, Caballo de Troya, 2011, 125 págs.

La última novela del escritor argentino Damián Tabarovsky (1967), Una belleza vulgar, se propone, en su plano más superficial, como la historia ínfima de una hojita que“se desengancha del pasado, es decir, del futuro” [pág. 11], o sea, de la rama de un árbol en la calle Thames de Buenos Aires, y así se abre una deriva, en la que el único argumento sería el propio deambular errático de la hojita.
Esto es, en efecto, la parte visible (o más visible) de la novela y, por ello, la menos importante. Porque lo que provoca, justamente, es que la mirada del escritor se fije en los aledaños y nos vaya descubriendo así, a la manera cartográfica, los edificios y las gentes de la calle Thames.
Este segundo plano estructural le sirve a Tabarovsky para realizar dictámenes de tipo sociológico, o si se quiere de la moral económica –y, por sobre todo, laboral– a cuenta de las gentes de la calle Thames, oponiendo bien común a la ética privada. Con ello, además, se evita el engorro de libros anteriores suyos –como Autobiografía médica (2008)– de tener que supeditar la narración a la tiranía de un personaje y, por ende, a la rigurosidad verosímil de un argumento. Y aquí yace, según creo, la mayor novedad del libro y su mejor valor, puesto que pierde preponderancia el sustrato social del marketing y la estética de la publicidad de sus anteriores libros y gana la indagación filosófica de tipo más bien ensayístico, con una “voluntad de querer abrazarlo todo” y que se pretende “abolición de todo poder” [117]. Esto se concreta en un ir desplegando una proposición y, de inmediato, refutándola con su formulación contraria.
No es que sea tampoco una novela de tesis, Una belleza vulgar, sino que su ensayo funciona al modo de la prueba y el error, tal que un ir construyendo el discurso “mientras tanto” [68] se observa ociosamente la banalidad de la decoración del paisaje. Esto se justifica en el aserto de Tabarovsky de que “el conocimiento nunca puede pasar la frontera de la facticidad” [58] y, en su otro extremo, en el hecho de que “lo oculto se manifiesta bajo el modo de la muerte” [110].
Diremos que en cuanto al estilo, el libro juega a elucubrar la posibilidad de trabajar narrativamente  “sin punto de vista, o mejor dicho, desde un punto de vista móvil” [52], lo que implica un paso del orden al caos, y que se abre con la mencionada hojita que rompe el orden (la sintaxis) del árbol, en un intento de “dar un principio al arte” [118], y que acaba revelándose como un arte de lo banal. Dicho de otro modo: regresa Tabarovsky a los postulados de la Estética, desoyendo el fin del arte de Danto, e indaga no en “qué es el arte, sino cuándo hay arte” [111].Tabarovsky, finalmente, encuentra el arte en “la precariedad de las ruinas de una existencia destinada al olvido” [124], allí donde no “se oculta metáfora alguna” [123], en un “narrar una y otra vez el banal relato de que el relato es banal, hasta que la repetición se vuelve una forma de la novedad y la novedad una forma de lo sublime” [120].
Por ello, Una belleza vulgar es necesariamente un libro alegórico sobre la mirada, “la mirada del adiós, la mirada [del escritor] que congela” [pág. 123] porque es consciente de que “nadie ve lo que pasa” [116] y así al escritor no le queda más remedio que fijarse no en “lo que pudo ser y no fue, sino lo que nunca fue” [112] y dar cuenta –en consecuencia– de un futuro en ruinas, jugando con las paradojas “que se oponen a la doxa” [102].
Su modo de proceder entonces es a través de “la afirmación que no afirma nada, la proposición que no propone nada, la descripción que no describe nada” [102], en un grito silencioso contra el abuso actual de la teoría; de ahí que sea necesario señalar el antecedente para la construcción del relato de un cuento breve perfilado al estilo postimpresionista de la escritora bloomsburyana Virginia Woolf, llamado Kew Gardens (1921). Igual que en el relato de la escritora inglesa, Tabarovsky descubre la fascinación por “detenerse, quedarse quieto treinta segundos. Pero treinta segundos en serio. Sin pensar” [91]. Es en ese impasse donde surge Una belleza vulgar, en “la suspensión de toda condición de posibilidad” [86] y allí triunfa lo real: “la materialidad de las cosas” [48], auspiciada por un viento alegórico que al mismo tiempo que mueve la hojita “sin atributos” [119] en el vacío, sacude el pensamiento confundido del escritor, un viento que es “una dialéctica sin síntesis (un materialismo sin dialéctica) […] algo que no encaja, definible pero indescriptible” [21]. Así, igual esta novela, que sirve para “encontrar paradojas allí donde no se ven, introducirlas allí donde no están” [120].

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