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jueves, 11 de agosto de 2011

“Tan rara y visceral como encontrar mandrágora”, Rosana Guardalá


Sólo los elefantes encuentran mandrágora, de Armonía Somers. Buenos Aires, Cuenco de Plata, 2010, 336 páginas.

¿Por qué leer una novela que desde su título nos advierte que nos quedaremos afuera? ¿Por qué sumergirse en la narrativa de una escritora que el reconocido Ángel Rama calificó como “rara”? Estos son algunos de los interrogantes que genera Sólo los elefantes encuentran mandrágora.
Armonía Somers (1914-1994), pedagoga y escritora, se hace lugar en las letras uruguayas en 1950 con la publicación de La mujer desnuda. Breve e intensa novela de corte fantástico que irrumpe en un escenario literario signado por el “realismo social” y que desconcierta a la crítica literaria, la cual juzga esta escritura erótica como “poco habitual para venir de una mujer”.
En 1986, se publica una novela que Somers deseaba que fuera póstuma y que se llamaría Las máscaras de la mandrágora, pero que terminó siendo editada en Buenos Aires como Sólo los elefantes encuentran mandrágora. Ese mismo año, aparece Viaje al corazón del día,  una historia de amor con tonos dramáticos sin caer en lo cursi, cuidadamente poética y tan oscura como luminosa. Estas novelas son clave si se busca indagar el arte narrativo de la autora.
Sólo los elefantes encuentran mandrágora cuenta desde una perspectiva por momentos autobiográfica las vicisitudes de Sembrando Flores, una mujer que se encuentra internada en un sanatorio porque padece Quilotórax, mal poco frecuente que se presenta con mayor asiduidad en hombres que en mujeres y que se define como “el pasaje de linfa proveniente del conducto torácico a la cavidad pleural”. A lo largo de la novela, esta patología se debate entre el diagnóstico médico ortodoxo y una interpretación más compleja que atiende a la comunión del cuerpo con la mente. Esta discusión se profundiza en el estado de semi-conciencia que sufre la protagonista, en el que los límites entre lo real, lo recordado y lo imaginario son poco claros.
Al igual que en La mujer desnuda, el cuerpo femenino es el espacio que habilita la ficcionalización. Sembrando Flores es sometida a distintas prácticas médicas que la invaden y manipulan queriendo fragmentarla. Por lo que, a medida que avanza la novela, el sujeto parece ir perdiendo nitidez. Sin embargo, ese cuerpo acechado, utiliza diferentes estrategias para no convertirse en un objeto de estudio. Por un lado, se sujeta a la lectura de un folletín que su madre le leía a una mujer adinerada, a sus recuerdos de infancia y a la imaginación. Por el otro, el empleo de diferentes nombres a lo largo de la novela: “Sembrando Flores, Irigoitia Cosenza, o Fiorella, o Sembrando Flores de Médicis”, evidencia un sujeto que se sabe a sí mismo en constante construcción. Por lo que, ya sea mediante la lectura, la imaginación o el uso de los múltiples nombres propios que toma a lo largo de la novela, el gesto es siempre el mismo, resistir.
Como si fuese una de esas colchas de colores que las abuelas tejen con variadas lanas, la novela se va configurando en el entramado de los diferentes textos y géneros, que abordan desde la literatura latinoamericana y europea, hasta géneros “no académicos” (como los diarios íntimos, las cartas, los relatos orales y de espionaje). La abundancia de textos e historias que se encuentran en la novela dificulta una lectura ociosa que, lejos de contradecir a la crítica literaria, acentúa una escritura oscura que organiza su discurso mediante asociaciones libres.
Armonía Somers construye con maestría un laberinto narrativo que conjuga erotismo, perversidad, filosofía, historias personales y políticas. Laberinto que sólo puede ser abordado por aquellos lectores que no dejan de interrogarse. ¿Puede un sustantivo propio determinar la identidad? ¿Es el cuerpo, un mapa? Lejos de dar respuestas, la autora deja planteado el escenario para que podamos elaborar nuestras propias preguntas. Sólo los elefantes encuentran mandrágora se presenta como un desafío literario, incluso para el lector más culto.
Será tarea del  lector indagar por qué los elefantes, símbolos universales de fuerza física y espiritual, a diferencia de los hombres, son capaces de encontrar, de ver la mandrágora. Esta  planta, que tiene una raíz muy parecida a la figura de un hombre y que además, encierra una sabiduría oculta”, es para Sembrando Flores la cura posible a su enfermedad. Después de todo,  la mandrágora “tiene todo lo que uno quiere y hasta sabe lo que va a suceder”. 

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