“La sopa del dolor”, por Jimena Néspolo

Caudal, de Rafael Rubio. Santiago de Chile, Editorial Pfeifer, 2010.


Hay una escena recurrente en la obra del poeta chileno Rafael Rubio (1975); una escena que en esta lujosa antología que reúne treinta y tres poemas pertenecientes a los libros Arbolando (1998), Madrugador Tardío (2000) y Luz rabiosa (2007), más un inédito escrito a mano alzada y reproducido como tal en la página final (“Queja”), se hace particularmente evidente. Se trata de una escena familiar condensada en los siguientes versos:

Mamá, cuchillo, plato ¡Tenedor!
(se convocan unánimes). Las una
de la tarde blasfema: el comedor.
Afuera, la terrible calma hambruna.
Abajo, entre las patas de la mesa
la hermana busca la migaja: huérfana
la espalda ¿refunfuña? –de tristeza–
(Recóndita) la madre sorbe el plato
sin levantar los ojos
¿rabia? ¡rabia!
¿Y esta mosca que zumba sin recato
entre el vapor feroz que se encarama?

Esta escena que remite a un “Almuerzo familiar”, como el título del poema indica, vuelve una y otra y vez para dibujar el abanico de padecimientos de un sujeto poético autodefinido en su orfandad en metáforas, onomatopeyas y sinécdoques: “A la sopa me asomo (improvisado/ espejo) para verme. Y sólo veo/ la cara de mi padre que me mira/ desde el abismo funeral del plato” (de “Plato”) O: “La mesa mira sillas irreales./ Se está quedando sola y aburrida” (de “La mesa”). O: “Qué profunda la sed que se te enrosca/ como una mala madre. Y qué rotunda/ la piedra que te habita” (de “Segunda elegía”).
Cualquier relación con la historia personal del autor es forzada y no. En el prólogo que acompaña este volumen, Floridor Pérez nos informa que Rubio pertenece a una familia de poetas inaugurada en los años 50 por el abuelo Alberto y continuada en los 80 por el padre Armando, muerto tempranamente. Genealogía de sangre y genealogía de tinta se confunden, así, en esta obra para tramar una poderosa voz elegíaca vuelta sobre el mundo “temblando de ira”, pero extremadamente autoconciente de la tradición de la que surge y a la que vuelve con un lenguaje no aprendido sólo en “casa”, sino también en una “heredad mayor”. Se trata de una voz en la que se puede encontrar tanto el cordón de afectos y desafectos que subsume a toda la poesía chilena como además, por ejemplo, al descerrajado César Vallejo, según se observa con claridad en este “Primer puñal” de Luz rabiosa: “Pst padre. Pst hermana. Pst mamita./ ¿Qué les pasa que nadie me responde?/ Ya pues, qué les pasa.”
Pocos poetas hoy pueden hacer gala del dominio técnico que Rafael Rubio esgrime al punto de atreverse con el verso yámbico, el soneto, las sextinas, explotar las similicadencias o construir un verdadero manual de instrucciones sobre “El arte de la elegía” con una potencia fundacional verdaderamente inaudita:

(…) No es
imprescindible que el mundo se entere
de tu ruina pringosa, pero si
el poema lo requiere así, confiésalo
pero que sea solo una vez:
de tu dolor da cuenta tu silencio.
Arrasarás con todo lo que obstruya
la lectura fluida del poema,
entenderás, al cabo, que el silencio
es la onomatopeya de la muerte,
has de darle lugar en la elegía. Así
evitarás la asfixia del lector.
Has de expulsar los ripios, con un látigo:
no entrarán en el templo de tu padre
fariseos ni ciegos mercaderes
de la palabrería.
Barrerás
con todo lo que no contribuya
al despliegue lujoso de la retórica
y lo demás entrégalo a los perros.
Entenderás por fin que una elegía
es cosa de vida o muerte.
(“El arte de la elegía”)

Los versos de Rafael Rubio se desenvuelven con una musicalidad intensa, acompasada, que mima el sonido de los cascos de un caballo al galopar en el desierto de un arte asumido como asunción mística. No por azar el poema manuscrito con que se cierra el libro ostenta estos versos finales: “Dale muerte al caballo, si eres gallo./ Y que después del rayo, zumbe el trueno.” Pero en ese “mientras tanto” que es la vida, estos versos encuentran su fuerza en un sujeto poético capaz de “relincharse”, “nacerse”, “hacerse puerta”, “vivir azotado por una enfermedad llamada madre”, “ser la desesperación de las estatuas”, “subir para abajo”, “ser cascajo”, “ser carajo”, “relámpago desierto”, “mal vigía de mi huerto” (de “Autorretrato”, “Resurrección”, “Sextina primera”, “Misa”).  
Es también una poesía sabia, vital, que al “barato lloriqueo” de los “pobres de espíritu” (“Si hablas de tu padre será con rencor/ y no con el barato lloriqueo/ de los pobres de espíritu.” De “El arte de la elegía”) le planta el grito cimarrón de un Zarathustra más hambriento que el hambre, que se niega a tomar “la cuchara blasfema, retorcida de ira en los manteles”, a sentarse “en la funesta cabecera ante el chirrido atroz de los cuchillos” (de “Escena familiar”), que se sabe herido de muerte y de furia, pero aún inevitablemente vivo:

No tenemos pavor, pero sabemos
que en toda palabra palpita la voz de un demonio
a la hora en que la noche anda rondando los signos.
(…) Tenemos hambre, es cierto, pero hambre de hambre
(no venimos a entregar el azufre ni el oro
en fin, los oropeles de la mendicidad).
Yo escribo porque tengo una llaga que me mira
una herida parecida a tu cara
pero sé que tu sangre es mi sangre
y mi furia es tu furia.
(de “Misa”).





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