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martes, 13 de septiembre de 2011

“Los dos lados de la trampa”, por Felipe Benegas Lynch

Trampa de luz, de Matías Capelli. Buenos Aires, Eterna Cadencia, 2011, 96 páginas.

Una trampa de luz es un espejismo: uno cree estar afuera, deseando entrar, y de repente está adentro, sin poder salir. La atracción es irresistible, natural. Así se ven los bichitos que pululan sobre una lámpara incandescente en la portada de la novela de Matías Capelli. Así va su personaje, sin poder salir de la engañosa luz de ciertos vínculos que lo arrastran a un encierro destructor.
Porque de pronto la atracción deviene laberinto y la Ariadna que debía guiarnos hacia la salida se aleja embarazada de otro. En la clausura del laberinto todo se empieza a descomponer. Para colmo, la idiosincrasia nacional suma al calor una huelga de recolectores y la podredumbre es general: “Hay bolsas destripadas pero algunas permanecen intactas, infladas y con gotas de humedad que se condensan contra el lado interno del plástico, aire y sudor de millares de gusanitos llevando adelante incansables el proceso de descomposición. No vienen de afuera, sino de la propia materia.”
La novela es breve y nos conduce a través de la intensidad de un día, atípicamente caluroso para agosto (“la sensación térmica ya bordea los treinta y cinco grados”), un día que es casi un descenso infernal (“ese veinticuatro de agosto la ciudad es un infierno”) y que nos llevará junto al abatido personaje desde la mañana en que su ex (Ariadna) decidió pasar a devolverle la plata de las vacaciones (y, de paso, comunicarle que está embarazada de otro), al amanecer del día siguiente, que lo encontrará dentro de un Chevette tan deteriorado como sus vínculos familiares, donde la luz destella, quizás, como un arco iris lejano, como una grieta de salida en el laberinto, o como una trampa más de la luz, quién sabe.
La pregunta –para los que no somos insectos y podemos formularla– es: ¿de qué lado nos situamos frente a los núcleos de atracción que nos depara la vida? ¿Por qué ir detrás de aquella mujer? ¿A qué círculo social integrarse? ¿Ser empresario o profesor de gimnasia? ¿Cuál es el límite cuando se trata de dinero?
El personaje se debate entre sus dos linajes en una ciudad que no ha dejado de ser el mapa de la desigualdad norte/sur. Al norte, la parte de su familia paterna que todavía juega a la aristocracia (“Una zona de alcurnia anacrónica en la que arboledas ocultan como bosques pequeños castillos”); al sur, él, que habita el departamento de su abuela materna, quien “despotricaba contra ellos”, los del norte, desde esa zona de riachos y puentes donde los intendentes gobiernan sus barrios como feudos en los que todo se decide de un modo oscuro y desigual.
Él cruza las fronteras, atraído por erráticas guías femeninas que nos remiten también a cierta aristocracia literaria (Ariadna, Nadia, Albertina). De uno y otro lado roba: tapas de alcantarillas, teteras de plata, fondos fiduciarios. Parece haber aceptado que eso de que “el que roba al ladrón...” Pero no hay consuelo en esa frase. Los dolores siguen y la liberación podría encontrarse solo desde el centro de ese encierro, del revoloteo en torno a la luz del dinero, del afecto, de la contención. Una vez adentro, se puede salir. Esa es la gracia del descenso, de tocar fondo. De otro modo uno se estrella una y otra vez en el umbral.
Capelli logra arrastrarnos detrás de los pasos de su personaje. Su novela es, de alguna manera, un relato iniciático: para el personaje, para el escritor y para el lector, que agradece el sutil ejercicio de la trampa bien entretejida.
Desde la oscuridad del descenso, cuando la luz ya se ha revelado como trampa y engaño, podemos vislumbrar otra luz: “la silueta tenue de un arcoiris”, que es el opuesto de la trampa, un destello de intemperie que nos abre la posibilidad de un día más, un paso afuera del engaño.

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