“El temblor del hijo”, por Felipe Benegas Lynch

Materia dispuesta, de Juan Villoro. Buenos Aires, Interzona, 2011, 280 páginas.

Interzona publicó este año por primera vez en Argentina la segunda novela de Juan Villoro, Materia dispuesta, que viene a sumarse a Llamadas de Ámsterdam, Los culpables, Filosofía de vida y 8.8 El miedo en el espejo, publicados por la misma editorial.
La creciente presencia del mexicano en nuestro medio literario y cultural es algo para celebrar. Me introduje a su obra a través del cuento “El mal fotógrafo”, que encontré casualmente en el sitio http://www.letraslibres.com/ y a partir del cual me mantuve atento para leer más de aquel sobrio y efectivo cuentista que había descubierto. Luego leí algunos de sus ensayos críticos (sobre Rulfo, sobre Saer), descubrí su lado futbolero, otros cuentos y finalmente las novelas.
Materia dispuesta, junto con la crónica intempestiva “Mi padre, el cartaginés”, publicada en la revista Orsai, son los más recientes rastros de Villoro que han llegado a mis manos. Ambos textos confirman mi interés por su escritura y revelan la coherencia de una obra que sigue creciendo bajo distintas formas y medios.
El padre, como ya se perfilaba en “El mal fotógrafo” y se confirma con la reciente crónica, es uno de sus temas predilectos. Allí Villoro se pregunta:  “Hasta dónde podemos recuperar una memoria ajena? ¿Es posible entender lo que un padre ha sido sin nosotros? Ser hijo significa descender, alterar el tiempo, crear un desarreglo, un desajuste que exige pedagogía, autoridad, transmisión de conocimientos. ¿Podemos entendernos como contemporáneos de nuestros padres, ser intempestivos a su lado?” 
Villoro alude a lo contemporáneo en diálogo con el texto de Agamben “¿Qué es lo contemporáneo?” (el artículo está disponible en el número 10 de BOCADESAPO), que plantea que los “mejores testigos de una época” son aquellos que “adquieren distancia para entender lo actual ‘en una desconexión y en un desfase’”. Lo suyo es una pregunta porque no debe haber forma de inmersión en una época más radical que la de ser hijo. Sin duda es difícil ser contemporáneos de nuestros padres; el tema del padre, sin embargo, excede el interés biográfico, autobiográfico o de cronista, es un motor de escritura que parte de lo más íntimo y se convierte en una herramienta de indagación.
En la misma crónica dice: “Escribir significa desorganizar sistemáticamente una serie, el alfabeto. Del mismo modo, evocar significa desorganizar sistemáticamente el tiempo. ¿Hasta dónde debemos hacerlo?”
Villoro busca en los recuerdos los hilos de sus historias. En el territorio inestable de lo anecdótico, “la molesta realidad complementaria” que “se derrumba en escombros”.
Porque, de alguna manera, todo se derrumba: lo vivido y lo imaginado, y entre las pilas de materia dispuesta para el relato buscamos la huella de aquello que sea “definitivamente real”.
Esto es lo que sucede en Materia dispuesta.
La escritura de Villoro somete a temblor a todas las realidades parciales y se arroja como una piedrita al pozo de lo definitivo, de donde vendrá, si no una respuesta, al menos una resonancia que nos sitúa en un plano vasto pero certero.
La búsqueda del padre y de la infancia son vertientes fuertes en la novela. El padre es el que puede irse, el que se ha ido, el que ha muerto, el que morirá. La infancia es esa identidad profunda que se ha perdido. Y todo conduce al tema de la identidad, a ser más verdadero detrás de las máscaras de lenguaje que se atraviesan a medida que crecemos. Hay un “desfasaje de las representaciones con la realidad”.
El personaje se pregunta: “¿podía ser el mundo tan distinto a sus promesas?” En ese sentido el padre es una promesa que se va desmoronando. (“¿Por qué nunca le dijo a su padre que de niño confundía a los temblores con sus pasos?”) Del mismo modo el sexo, la religión, la justicia, el deporte: todo se presenta como una versión equívoca, hollywoodense, que poco a poco se revela falaz.  Pues siempre hay “un relato que va más allá de la palabra”. Escribir es buscar la identidad en los lenguajes, atravesarlos y buscar sus límites. El narrador de Materia Dispuesta (Mauricio Guardiola) se debate entre la primera y la tercera persona, saltando sobre el abismo que significa pasar de la identidad de niño a la de adulto. ¿Qué permanece en ese salto? ¿Quién es “yo”? ¿Quién es “él”?: “Busqué algo que decir pero Mauricio se me calló. Me detesté en él. No teníamos voces. La vida me iba a brindar un tono en el que ya no era posible decir ´más mejor´ ni ´demasiado bueno´ pero en ese momento ni yo ni Mauricio tuvimos boca, algo se separaba y el tío me pedía, nos pedía, seguir ahí, ayudarlo, así fuera con un regaño. Sonreí canalla, como anunciando un duro escarnio; él aguardó, desafiante, pero no hubo voz. Yo quería seguir ahí, recuperarme, decir las blandas tonterías que susurraba al oído de mi madre y la hacían feliz, y luego repetiría en otros oídos como una imitación del que ya no era, como quien pide asilo en el tiempo, volver atrás, ser el que confió tanto en la hierba y miró el techo como si siempre fuera a estar ahí, regresar a esa zona rota, mejor: rompida. Mi lengua pesaba, como algo que se degolla, se forza, se torce. Un simple insulto bastara para que el tío sonriera. Quise que lo dijéramos. Algo. Lo que saldría. El tío aguardaba lo que fuera, la voz destemplada, el arranque gutural. Yo quería quedarme. Pero la garganta de Mauricio tragaba silencio, rompida. Asquerosa. Definitivamente rompida.”
El alfabeto se descompone como la identidad: en la transgresión se deja oír el sonido del desgarro de crecer, de ver que el padre mítico se vuelve vulnerable y cae, tan real como la muerte, donde otras realidades empiezan a florecer.

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