“Ese silencio que grita”, por Rosana Koch

Cerca del corazón salvaje, de Clarice Lispector. Buenos Aires, El cuenco del plata, 2011, 206 págs.


Con la relectura, la obra de Clarice Lispector recorre senderos cada vez más amplios. Su escritura rompió en su momento con cierto realismo regionalista imperante e inauguró para las letras brasileñas una narrativa innovadora y experimental, que la sitúa en un lugar privilegiado.
Cerca del corazón salvaje es la primera novela de la escritora. Publicada en 1943,  en sus páginas se proyectan los temas que resultarán la piedra angular de su obra posterior. Esta novela fue escrita con anotaciones sueltas realizadas por Clarice desde los trece a los dieciocho años. Para la recopilación de dichas notas, se recluyó en una pensión y, en soledad, pudo concluir el diario de vida de Joana. En una entrevista fechada en 1974, afirma que escribió “con mucha angustia” y que “ese libro duró lo que un embarazo: nueve meses” puesto que la técnica del registro del instante se esfumaba por la lejanía del tiempo y la imposibilidad de recogerlo.  Del epígrafe del libro, una frase de la novela de James Joyce, A Portrait of the Artist as a Young Man (Retrato del artista adolescente), Clarice decide el título de la obra. A finales de 1973 (después de haber sido rechazada por la primera editorial) aparecen mil ejemplares de Perto do coração selvagem. Para dicha publicación Clarice “no pagaría nada, pero tampoco recibiría dinero si la novela se vendía.” Al mes, recibe un premio y una novedosa acogida por los críticos, quienes mencionan una especial sensibilidad y fuerza creadora como también una marcada influencia de James Joyce y Virginia Woolf, por el monólogo interior en donde el lenguaje le fluye sin ordenación lógica. A partir de aquí comienza “el estallido de Clarice” según Héléne Cixous, en La risa de la medusa, porque “se adentra estremeciéndose en el incomprensible espesor tembloroso del mundo, con el oído finísimo, alerta para captar incluso el ruido de las estrellas, incluso el mínimo roce de los átomos, incluso el silencio entre dos latidos del corazón. Vigía del mundo.” El terreno de su escritura lo ilustra con Kafka, Rilke, Rimbaud, Heidegger porque donde respiran los autores de estas obras exigentes, Clarice Lispector avanza.
La novela  se divide en dos partes que alternan el pasado y el presente en la construcción de Joana, la protagonista, como un diario de fragmentos de su vida donde el discurrir de su existencia, que indaga su propio ser, se funde con la voz de la narradora y la propia Clarice Lispector. La narración es un torrente hacia el interior del personaje, repleto sólo de instantes, pinceladas y sensaciones que la conectan con la realidad, mediante el fluir de la conciencia, y que comienza en la infancia (en su dimensión trágica) porque “la infancia para ella es un ‘estado’ de inocencia al que aspira todo su ser, un estado de comunión con la vida (…), algo que se sitúa más en el futuro que en el pasado, o mejor, fuera del tiempo, en la propia eternidad”, hasta la madurez. En esa infancia pierde a su madre muy tempranamente, vive con el padre y debe resignarse, luego, a su muerte; se instala con su tía, quien la cree maldita y la envía rápidamente a un internado; en la plenitud de la adolescencia se enamora de un profesor y se casa con Otávio hasta que finalmente se va, ”de viaje”, para encontrar una historia que no tiene porque, como dice Joana: “Nunca tendré una directriz (…) Resbalo de una verdad a otra, siempre olvidada de la primera, siempre insatisfecha”, extinguiendo su existencia en su propia pequeñez y entendiendo que sólo regresará a la infancia de la mano de la muerte. La narración (como una auténtica autobiografía por la lucha continua entre Clarice Lispector, su narradora y el personaje mismo) se construye desde el silencio de las palabras, porque el intento de explicar la existencia de lo que se resiste a ser dicho, tendrá como único desenlace la renuncia, el vacío y al fin, el propio silencio donde se sitúa lo indecible. Con Joana, no hay una necesidad de contar una historia o los acontecimientos de su vida, la ficción del personaje siempre se pierde: “Por destino tengo que ir a buscar y por destino vengo con las manos vacías. Pero vuelvo con lo indecible que sólo me será dado a través del fracaso de mi lenguaje”,  y  la única posibilidad de existir a partir de la escritura, intentando mirar el  lenguaje desde afuera: “Me siento dispersa en el aire, pensando dentro de los seres, viviendo en las cosas, más allá de mí.” Joana (Clarice) se pierde en la incomprensión porque este personaje estalla en la certeza de su imposibilidad que es lo único que le permite vivir. Saber que está viva y que “basta con callar para ver, debajo de todas las realidades, la única irreductible: la de la existencia”. Clarice y Joana están ahí, en ese silencio que grita y en ese misterio que es más perfecto.

Comentarios

  1. Espectacular reseña. Hermosamente escrito, me invita a leer la obra más allá de lo que la misma pueda decirme. Gracias!

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