"Las tormentas privadas", por Natalia Gelós

De vidas ajenas, de Emmanuel Carrerère. Barcelona, Anagrama, 2011, 260 pág.

Esta es la historia de gente que dice sí, y que se lo repite cada día para enfrentarlo. Un matrimonio al que se le muere una hija, unas hijas a las que se les muere una madre. El autor, Emmanuel Carrerére, lo dice: fue testigo de los miedos más grandes y para hacer algo con ellos, los escribió. Una especie de conjuro en forma de novela. De vidas ajenas es un libro de tormentas feroces. Si el inicio tiene lugar en Sri Lanka, en donde hace unos años un maremoto destruyó todo lo que se le interpuso, con un zarpazo de agua, barro y  viento, lo que le sigue es la descripción de otro tipo de tsunami, el que enfrenta a las personas con la muerte cercana, con la enfermedad, con la inminencia de un final a corto plazo.
El libro se despliega como un puñado de muñecas rusas: primero cuenta el tsunami, que cambia lo que hasta entonces eran unas vacaciones más. Lo hace con descripciones precisas, descarnadas. Luego muestra los modos de sobrevivirlo. Hay un matrimonio joven, cercano, al que se le muere su hija que es apenas una niña. Carrerère narra todo desde una distancia aséptica que funciona justamente por esa lejanía. Y mientras su propia mujer ayuda, corre, pregunta, trata de colaborar con las víctimas, él navega en sentimientos encontrados: siente que debería hacer algo, siente que no quiere involucrarse, aunque sabe que eso es imposible. Y si elegir para un relato las citas adecuadas es una ardua tarea, Carrerère es diestro en estas artes. Para describir su actitud recurre a una de El pez escorpión, del suizo Nicolás Bouvier (Ed. Altair S.A., 2011): “Aquella mañana habría querido que una mano extraña me cerrase los párpados. Como estaba solo, los cerré yo mismo”. El escritor leía ese libro en esas vacaciones. No avanza en esa dirección, pero entorna la puerta a un enigma: ¿cómo funcionan, cómo nos hablan los libros que nos acompañan en diferentes momentos y que a veces se vuelven oráculos involuntarios de nuestros días?
El autor y su esposa vuelven a Francia. Al poco tiempo, Juliette, la hermana de su mujer, muere de un cáncer al que intentó combatir sin éxito. Esto lleva a Carrerère a hablar con un amigo de la muerta, un juez cojo que enfrentó la misma enfermedad. Habla con él para reconstruirla a Juliette, que también era jueza, para homenajearla. Habla también en el viudo, con sus hijas. Y cuenta cómo era su trabajo en el juzgado, por lo que describe el sistema de endeudamiento al que se someten las clases medias para saciar sus ansias de consumo que terminan, por lo general, en una deuda que los lleva a la corte. En esa instancia, el libro es también un tratado sobre el derecho de consumo. Una historia dentro de otra, una idea lleva a la otra.
Es interesante y se agradece el lugar en el que se ubica el autor. Él es testigo directo. Nada más. Nada menos. Él lo sabe y no busca, no cae, en la conmiseración. Prefiere hablar con los protagonistas, escucharlos, reconstruir su historia, abordar esas vidas que, más allá de los lazos afectivos, son vidas ajenas. Lo que logra es una arqueología humana, las distintas maneras con las que diferentes personas lidian con la muerte. De alguna manera, recuerda a El año del pensamiento mágico (Global Rhythm, 2006), de la norteamericana Joan Didion. Allí, la autora realiza una autopsia de su duelo: se murió su marido, su hija está en coma y ella excava con frialdad quirúrgica en su interior para escribir, para describirse. Algo de eso sucede aquí. Carrère elige una mirada similar. Y aunque sea de modo indirecto, también se cuenta a sí mismo.
En catálogos que se multiplican hasta la locura las historias autoreferenciales sobre la muerte, sobre su cercanía, sobre los modos de atravesarla, se acumulan. Se destacan las que eligen esquivar los golpes bajos, la sensiblería. Para roer el hueso no sirven los algodones. Se necesitan armas frías, bien filosas. Son ésas las que producen el corte más certero. Estos, los grandes temas, la enfermedad, las catástrofes, la agonía, Carrére las cuenta escena por escena. Así construye diferentes versiones de eso que hay que atravesar: el otro día. El otro día, cuando el viudo se prepara para darles el desayuno solo a sus niñas. Cuando los padres de la niña muerta se obligan a cenar. El otro día, cuando algunos otros se deciden a escribir ¿Por qué leemos estas historias? ¿Por qué son tan fascinantes? Quizá porque los temas universales son muy pocos, y lo magistral es saber domar el punto de vista. Quizá porque este tipo de libros son también para el lector una especie de conjuro.
           

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