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viernes, 3 de febrero de 2012

"La epopeya del aprendiz de lenguas", por Pablo Manzano


Hace tiempo mi mujer me regaló un libro que ella había leído cinco veces y que se convirtió en una de mis novelas favoritas, escrita por John Irving y titulada La epopeya del bebedor de agua, con cuyo protagonista, Fred Bogus Trumper, realicé mi primer viaje premonitorio a la ciudad donde ahora resido.


Einfach zu lesen
He recibido la revista del FPÖ. ¿Por qué me la envían? ¿No deducen por mi apellido que soy un Ausländer? Durante las primeras páginas compruebo que no me pierdo en la sintaxis, lo cual me alegra el día y me anima a seguir leyendo. Los liberales azules sí que están indignados, no como esos veraneantes de Plaza Cataluña y la Puerta del Sol. Motivos no les faltan. ¿Sabía usted que en un colegio primario vienés los niños tienen que disfrazarse de mujer? ¡Y la idea ha sido de una profesora húngara! Peor aún es que los soldados austriacos fueran agasajados por el gobierno socialista con una comida al final del Ramadán, y ¿qué les sirvieron? ¡Cuscús, Kebabs y Humus! Por si fuera poco los ciclistas podrán circular libremente por cualquier calle de la ciudad, sólo porque ellos son los buenos y los conductores de coche los malos. La revista es fácil de leer, y eso se agradece cuando estás aprendiendo una lengua incómoda a los cuarenta. Si algo necesito son textos sencillos. Si algo se le da bien a la extrema derecha de cualquier país es explicar las cosas de la manera más clara y sencilla posible.

Es wird schon kommen
No es lo mismo leer que escuchar. Hace tiempo traduje a O’Henry (del inglés, claro), y recuerdo que un personaje suyo, en alusión a una lengua ajena y remota, hablaba de palabras que suenan como dados en un cubilete. Recién llegado a esta ciudad yo no era capaz de asimilar ni un microfonema, así que me concentraba en la música de esos dados. Oír a los austriacos es como oír a mejicanos hablando alemán. En una conversación empañada uno aprende a hacerse el idiota, a adivinar, a reírse de lo que cree entender. Mi mujer (entonces mi novia) me veía apenado: «ya va a venir, entender lleva su tiempo». Ella habla español pero es nativa, conoce su país. Me sugirió que, si todavía no me sentía seguro al hablar, me comportara como un angloparlante descarado que no está dispuesto a hacer concesiones: en el banco, en las tiendas, en la AMS, en el tranvía era mejor que hablara inglés. «Así la gente será mucho más freundlich.» A los amigos y conocidos vieneses no quería obligarlos a cambiar de lengua, así que sólo podía escoger entre dos papeles: el autista o el indígena. No se puede ser un autista cuando uno siempre quiere impresionar a todo el mundo, así que me lancé a hablar (al principio como un indio). Al poco tiempo empezaron a dolerme todos los nervios, huesos y músculos de la cara; todo derivó en una pesadilla bucal y tuvieron que extraerme tres muelas. No es una hipérbole, es la consecuencia directa de intentar hablar esta lengua.

Um ein Haar
A veces cuesta reconocer a un Schwarzkappler de paisano. Por eso existe una web adonde la gente envía advertencias desde el iPhone, indicando en qué estación o medio de transporte han sido vistos y describiendo su aspecto en un lenguaje telegráfico y comprensible. «U6 Spitelau. Hace 20 minutos. Señora gorda, hombre bajito y calvo. Parecen un dúo cómico.» Cuando uno detecta a un sospechoso, se pregunta: ¿es un Schwarzkappler o sólo un austro-demente retratado por Deix? Hoy me pillaron desprevenido en el tranvía. Recordé el consejo de mi mujer, pero descubrí que desde que he empezado a estudiar la lengua mi inglés ha desaparecido (se ha escondido). Lo busqué por todos los rincones de mi cerebro, sin éxito, y quizá fue eso lo que me salvó. El Schwarzkappler tuvo que resignarse a que la comunicación con el autista hispano que tenía delante era imposible, y que por tanto no podría multarlo. Se marchó gruñendo. Algo llegué a entender de sus gruñidos, algo de que la próxima vez setenta euros.

Ohne Zweifel, bin ich verzweifelt
Al principio elaborar una frase correctamente puede llevar el mismo tiempo que escribir una novela en la propia lengua («Erres un exagerrado», diría mi mujer), y cuando finalmente se consigue la sensación de incertidumbre literaria es la misma: ¿me ha quedado bien, me ha quedado mal, dónde la he pifiado? Con los diccionarios online o digitales las palabras poco familiares acuden a la mente en un pestañeo, y si se trata de una mente agotada (adulta) la abandonan con la misma rapidez: memoria de pez. La incorporación de elementos lingüísticos extraños se adquiere mediante cursos intensivos. Es la única manera de desarrollar las cuatro destrezas: escribir, leer, hablar, comprender. Porque se trata de destrezas y no de inteligencia. Algunos monos poseen la destreza para saltar de un árbol a otro, y otros para hablar y comprender los idiomas (sprachbegabt). Pero los cursos, ya se sabe: un gran negocio. Y la burocracia del este, ya se sabe: una larga espera. Pasé ocho meses estudiando en casa por mi cuenta hasta que por fin conseguí un curso subvencionado.   

Liebe auf den ersten Fick
El dentista se quedó con tres muelas y una parte de mis ahorros, y me prescribió un tratamiento de raíz para salvar una cuarta muela. Los números en alemán suelen resistirse al oído, pero las cifras se dejan leer en cualquier idioma. Kostenvoranschlag: 1.200 €. Si no quería seguir desembolsando necesitaba mi propia e-card (tarjeta sanitaria), que para un ciudadano comunitario como yo es muy fácil de obtener. Sólo tenía que conseguir un trabajo: en alemán. (Lo juro, el vocabulario de todos los empleados sonrientes de Viena que trabajan en atención al público se reduce a tres frases cantarinas: Bitte schön, Danke schön, Schönen Tag. De mí, sin embargo, esperaban algo más.). Así que finalmente me casé para que mi mujer pudiera compartir conmigo su seguro médico público y convertirme en Amo de Casa (los títulos en Austria son importantes: ella es Diplom-Ingenieur y yo Hausmann, y así figura en nuestro buzón). Lo nuestro siempre ha sido amor y bla bla bla, pero cuando el juez del Standesamt hizo sonar sus dados en el cubilete para mí, me pareció escuchar: «Herr Manzano, ¿acepta a esta mujer y a esta e-card hasta que la muerte los separe?».

Die Familie
Lo que habla mi cuñado Franz no es Deutsch, sino Umgangssprache (dialecto). A mí se me da bien leer y escribir, así que a menudo chateo con él por Facebook, a ver si consigo familiarizarme con su manera de expresarse. Pero Franz escribe como habla. «Waunst des lesn kaunst deafst di a echta weana nenan». Traducido al alemán: «Wenn du das lesen kannst, darfst du dich einen echten Wiener nennen». Y al castellano: «Si eres capaz de leer esto, puedes considerarte un auténtico vienés». A Franz lo veo una vez al año en un pueblo de Steiermark, en la casa de mi suegra, para celebrar la Navidad con mucha nieve y toda la familia. A mi suegra la adoro, y ella me adora: ventajas de una comunicación limitada. En la última Navidad, a la medianoche, todos fuimos a recoger nuestros regalos. Mi generosa suegra había colgado en el árbol varios billetes de cien euros, uno para cada miembro de la familia, y los billetes estaban enrollados como canutos. Recuerdo la escena posterior: todos reunidos alrededor de la mesa, expectantes, cada cual sosteniendo un billete enrollado. Mientras mi suegra abría una caja de metal (luego supe que adentro sólo había galletas), me miró con una sonrisa y me dijo: «Ich habe mich immer sehr auf Weihnachten gefreut». Yo entendí: «Para Navidad siempre pillo de la mejor, de la que tomaba Freud».     

Gebildet und eingebildet
El curso está subvencionado por la AMS (algo así como el IMEM). Mis compañeros son de Irán, Mozambique, China, Serbia, Afganistán y otros países poco atractivos. Algunos son refugiados y ninguno tiene estudios superiores. Mientras que yo llevo ocho meses en Austria, todos ellos residen en el país desde hace diez años o más. Si la AMS todavía los envía a hacer cursos de alemán es porque así no cuentan como parados sino como gente en formación. Si bien hablan y entienden la lengua sin problema, en voz alta leen como disléxicos (algunos tuvieron que empezar por el alfabeto latino) y la gramática todavía les resulta inasible, por lo que acuden a mí, que aunque empiezo a dominar la gramática sigo hablando como un indio y entiendo más bien poco.
Hemos tenido suerte con Daniela, la profesora, que es muy paciente y prepara unas clases estupendas. Dentro de lo posible, ya se sabe. El abanico temático de cualquier libro o curso de idioma es siempre deprimente. «Pablo, ¿tú practicas deportes de riesgo?» Daniela se dirige a mí en un alemán pausado y funcional. «Natürlich, tres hora por día, en esta clase». Risas, pero de gracioso nada. Sigo convencido de que uno puede desencajarse la mandíbula con el trabalenguas constante que es este idioma. Dich, mich, sich, ich. La semana pasada Daniela estaba de vacaciones y la sustituyó el Profe Ilustrado, que no preparaba las clases ni quería trabajar: repartía quince fotocopias de ejercicios por alumno y luego se sentaba a leer obras literarias selectas de mil páginas con letras doradas en lomo y cubierta. A veces yo le planteaba alguna duda, sólo para que levantara el culo de la silla y se acercara a la pizarra. En medio de una explicación, como si tal cosa, le dejé caer que yo era traductor. «¿Pero cómo, usted ha ido a la universidad?» Picaste, Profe Ilustrado. «¿Y qué es lo que traduce?» Normalmente traduzco narrativa comercial, pero le respondí: «Literatur, Hochliteratur. Aus dem Englischen ins Spanisch.» Para el Profe Ilustrado el resto de los alumnos se volvieron invisibles. Se sentó a mi lado y empezó: oh, Faulkner, oh, Joyce. Excitadísimo, me preguntó. «¿Y qué lee usted? Porque usted lee, ¿verdad?» «Der Mann ohne Eingeschaften, lo leo a todas horas.» Oh, Musil, oh, Heimito von Doderer. Le nombré a Bernhard, pero el Profe Ilustrado lo consideraba un escritor menor. «Y dígame, Herr Manzano, ¿usted fuma?» Asentí. «Pues yo fumo en pipa», dijo él. Oh, en pipa. Establecimos una complicidad pedante que excluía al resto de la clase. El último día le pregunté: «Perdone, profesor, ¿qué significa die Malerei?» Afinó las cuerdas vocales y empezó: Tiziano, Bruegel, Delacroix, Rembrandt, Manet, Monet, Cézanne, Gauguin… Se hizo la hora y nos marchamos todos a casa. No sé qué ha sido del Profe Ilustrado, tal vez sigue allí sentado enumerando pintores. Wahrscheinlich.           

Die Nachbarin
En el edificio de la calle Dreihackengasse donde vivo, hace tiempo vivieron Marie Hilfreich y Olga Treuer. Hay una placa en la puerta: Deportiert nach Auschwitz am 23.1.1943. ¿Habrá vivido alguna de ellas en este mismo piso, quizás en el de abajo? Qué más da, lo cierto es que ahora en el piso de abajo vive una vecina treintañera que ha llamado a mi puerta varias veces. Uno ya no puede seguir escondiéndose debajo de la mesa cada vez que suena el teléfono o llaman a la puerta: para aprender una lengua hay que estudiarla, pero también practicarla. En cualquier caso la vecina, que es de Linz, advierte mis dificultades de comprensión y me habla en inglés, un idioma que traduzco a diario pero que sigo sin encontrar. No es lo mismo traducir que producir, y el inglés que ahora produzco tiende a llevar el verbo al final. Así que le respondo a la vecina en alemán. Un alemán quizás algo lento (der, die oder das? DAT oder AKK?), pero correctísimo: gracias, Daniela.
La primera vez la vecina se quejó porque según ella aporreo el piano. Claro, estamos en Viena. Antes de venir yo había pensado: allí sólo hay pianistas buenos, seguro que necesitan alguno malo. Pues no. La segunda vez se quejó porque según ella piso demasiado fuerte al caminar por la sala. Claro, estamos en Viena, debería andar de puntillas como una bailarina clásica. La vecina vino por tercera vez (aquí el lector piensa: ésa anda buscando algo, y el autor subraya que es un hombre casado, y que la vecina no está para nada buena). Dijo que lo de anoche ya era demasiado, inaceptable. ¿Lo de anoche? ¡Sí, esos gritos de sexo, fue escandaloso! «Du irrst dich. Das waren wir nicht» (Te equivocas, no fuimos nosotros). La vecina: «Come on, I don’t believe you». Me esforcé, pero no pude convencerla de que mi mujer y yo a esa hora sólo dormíamos. Ella seguía increpándome, y mi proceso de pensamiento era demasiado lento para defenderme (mejor así, porque llegué a pensar: vinieron a por Marie, vinieron a por Olga, ¿por qué no vienen a por ti?). Pero aquella presión, quién iba a decirlo, finalmente sacó lo mejor de mí. Una forma simple y una compuesta en la misma frase. Konjunktiv II Präsens + Konjunktiv II Präteritum. Daniela estaría orgullosa. La frase fue espetada a continuación de: «¡Ya te he dicho que no fuimos nosotros!» Sin titubeos y levantando la voz: «Ich wünschte, wir hätten es getan!» Traducción: ¡Ojalá hubiéramos sido nosotros! Justo antes de cerrarle a mi vecina la puerta en la cara.                

Deutsch muss verbessert werden
La vecina no regresó. Pero después de su última visita yo descubrí que ya me sentía seguro al hablar. Ahora soy capaz de formulaciones gramaticales cada vez más complejas. Las nebensätze son pan comido. Escribo frases más largas que las de Bernhard, sin cometer un solo error. Podría incluso discutir con Wittgenstein, siempre y cuando mi mujer esté presente. «Esto no puede ser –dice ella–. Descolocas a la gente». Y es que el problema sigue siendo mi oído. Las conversaciones con amigos y conocidos vieneses transcurren así: ellos me hablan en alemán (glot, tschun, kriag, net, juasch, trot, oachka, owa, echt: dados en un cubilete, oder?), mi mujer traduce al castellano, y yo les respondo en un alemán fluido y florido. Conversamos sobre la lengua que ellos hablan, y yo les explico que me gusta pero que sin duda es una lengua incómoda en la que hay mucho por modificar o eliminar. Les explico mi proyecto lingüístico para mejorar el alemán, para que no sea un atentado contra la salud de los aprendices del idioma. Entonces se acerca una camarera y me pregunta algo (si quiero otra cerveza, por ejemplo), y me quedo mirándola con cara de idiota, y luego miro a mi mujer: ¿qué ha dicho? «Esto no puede ser», dice mi mujer, que me pide coherencia, es decir, que vuelva a hablar como un indio. ¡Ni hablar! ¡No puedes pedirle eso a un escritor! Sé que es extraño lo que me ocurre, pero creo que eso también me ha ocurrido siempre en mi propia lengua. No es tan raro después de todo. Señálenme a uno, a una sola persona, que no hable más de lo que escucha.             

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