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viernes, 24 de febrero de 2012

“Los enemigos de la poesía”, por J. S. de Montfort

El poeta asesinado, de Guillaume Apollinaire. Barcelona, Barataria, 2012.

Las dos líneas maestras de la nouvelle El poeta asesinado del escritor francés Guillaume Apollinaire (1880-1918) podrían ser la fatal admonición que brinda su peripecia (el aniquilamiento de la sensibilidad poética) y la disparatada sinrazón de su fluir discursivo (el lenguaje que conspira contra su arbitraria lógica interna; lo que Breton llama su liricismo). En El poeta asesinado, Apollinaire se vale de una praxis destructiva basada en el sinsentido del absurdo y que sirve como desacato de las normas de la vida y de la naturaleza (entendida ésta como espejo en el que el artista se ha de mirar para desentrañar los secretos del mundo) y que se nos presenta con diversos disfraces (drama, novela bucólica y pastoril, relato fantástico, relato naturalista, etc.) que se subvierten de manera provocadora en 18 cantos.
En su lectura contemporánea, más allá de la hipérbole fantasiosa, la exageración y el disparate (al estilo pre-dadaísta), El poeta asesinado mantiene su fuerza en la carga alegórica y que el poeta nos presenta al modo de la metáfora continuada. Su leitmotiv podría ser el siguiente: “frente al arte está su apariencia, de la que los hombres no recelan y que los rebaja de donde el arte los había elevado”. Apollinaire hace de tal apariencia la naturaleza de la denuncia de su arte, encontrando en ella un canto a la mezquindad destructora del mal.
Para ello, Apollinaire nos cuenta la historia del poeta Croniamantal, un poeta que queda huérfano y es entregado para su educación a un holandés llamado Janssen, que ejerce de maestro y le instruye en las diversas lenguas y en la poesía y las ciencias. En su juventud Croniamantal se enamora de Mariette y siente la tristeza trágica del amor (pues el deseo queda enclaustrado en una imposible memoria platónica: en el recuerdo).  Al llegar a la mayoría de edad, su tutor muere y Croniamantal se va a París a entregarse “apaciblemente a su inclinación por la literatura”. Allí, un pintor trasunto de Picasso y a quien se menciona como “el pájaro de Benín” le vaticina que Tristusa Bailarineta (a quien Croniamantal no conoce) habrá de ser su mujer (su musa). En un retorno a la naturaleza (en el bosque de Meudon) y en el que Apollinaire hace converger diversos tiempos del relato (al modo cubista, igual que en su poema Zona, con el centro del eje narrativo oculto), Croniamantal se encuentra con la voz hipnótica de Tristusa Bailarineta que le canta y le enamora y, al tiempo, encuentra a su doble –y quien habrá de ser su rival sexual–: el ´falpoeta` Paponat. Tristusa se hace amante de Croniamantal y se vuelve hermosa gracias a los versos que este le compone, pero pronto le abandona por su rival Paponat, en tanto que Croniamantal se vuelve célebre.
La trama (y el drama) se disparan cuando Tristusa y Paponat huyen y Croniamantal se dedica a perseguirlos por Europa, guiado por el hechizo de Tristusa. Ahora los premios de poesía se han extendido tanto (había más de ocho mil) que aparecen los detractores. Y el más furibundo es Horace Tograth que publica el artículo “Le laurier” (el laurel), donde habla de ese viejo signo de gloria de la poesía, gloria que dice Tograth ya han perdido sus portavoces (los poetas), convertidos en holgazanes irredentos y, así, ya no tienen razón de ser y han de ser exterminados. Los poetas son, en opinión de Tograth, una raza privilegiada “que consume la humanidad”. Así, se dictan edictos para apresar a los poetas del mundo y para matarlos, y se conspira contra la misma palabra poética. Croniamantal se convierte en un mártir, en “el más grande de los poetas vivos”, quien dice haber visto a Dios cara a cara, mientras Paponat reniega de la poesía y Tristusa (“la poesía divina que cura mi alma”, en palabras del propio Croniamantal) le clava la punta de su paraguas en el ojo a Croniamantal. Finalmente, el pájaro de Benín (el alter ego de Picasso) le construye a Croniamantal una “profunda estatua de nada, como la poesía y como la gloria”, en un hueco donde no queda sino su fantasma.
Las construcciones alegóricas son relevantes al permitir que cada época las (re)interprete. Así, podemos ver hoy la pérdida de la sensibilidad estética de la que habla El poeta asesinado en términos (post)humanistas y sentir que lo que amenaza al arte hoy es, en palabras de Roberto Juarroz, la incapacidad del escritor para construir “una escritura que resista / la intemperie total”, una representación válida para esa nada (post)picassiana, ese desencanto fútil del mundo contemporáneo en el que el arte ya se ha vuelto (post)autónomo y ha ido un paso más allá de la autonomía que le demandaba Apollinaire. En suma, la continuación todavía no satisfecha del todo de la promesa de liberación de las vanguardias históricas y que el postmodernismo trivializó con su pirotecnia.

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