“Virtudes y callejones”, por Jimena Néspolo

 Callejón sin salida, de Lázaro Covadlo. Barcelona, Colección Bichos, Sigueleyendo, 2011.


Efectivamente la Bestia tiene el pelo chuzo, dimensiones antropométricas desproporcionadas, un aspecto general de chanfaina en pena y, para colmo de males, un tufo que hiede. Su madre se lo advertía siempre: “Estás llevando tu vida a un callejón sin salida”, pero no hubo caso. Quién sabe si por no escucharla, o por escucharla demasiado, no sólo terminó en el callejón, sino también condenado a ver el espectáculo del afuera en un curioso espejo con propiedades de telepantalla. Aquel extraño adminículo forma parte de los artilugios mágicos que el Hada Puta le entregó para compensar las privaciones causadas por su maleficio; gracias al espejo, la Bestia puede presenciar íntimos detalles en la vida cotidiana del mundo circundante para luego entregarse “a las delicias de Onán acometido por un ambivalente sentimiento de placer y congoja”.
 El remake de La Bella y la Bestia realizado por Lázaro Covadlo explota la popularidad lograda por la versión más difundida de la historia –la de Walt Disney Pictures (1990)–, rescata personajes presentes en versiones menos conocidas del relato –las de Gianfrancesco Straparola (1550), Gabrielle-Suzanne Barbot deVilleneuve (1740) y Jeanne Marie Leprince de Beaumont (1756) – y, con frescura y extrema pericia, centra la tensión narrativa en el conflicto porno-erótico que liga a los sujetos. En este sentido, su narración demuestra cómo las temáticas fundamentales de la subjetividad psicoanalizada pueden ser explicitadas hoy en una suerte de folklore naïf: el deseo incestuoso entre Bella y su padre, la envidia histérica de las hermanas, el Edipo ejemplar de la Bestia y la fatal transferencia que realiza hacia el Hada Puta es el esqueleto universal que este “clásico infantil para adultos” –según se presenta en la tapa del volumen– actualiza en su flagrante carnalidad.     
Pero diseccionemos una frase hecha de márketing editorial que bien podría cuadrarle al autor, y que en esta bonita y accesible edición digital que nos ofrece Sigueleyendo no consta: “[Covadlo] Es el secreto mejor guardado de la literatura argentina”. Bien: ¿Qué relación existe entre “poética” y “secreto”? ¿La “Literatura” se construye a base de precintos y secretos? ¿Quién y por qué guarda lo guardado? ¿Lo no-secreto pertenece al orden de la literatura? ¿A qué orden pertenece lo literario-no-secreto?
Estamos hablando de los discursos que legitiman “lo literario”, y en ese complejo campo de fuerzas “lo secreto”, “el pudor” o “la virtud” son significaciones que –aun en sus antípodas– van de la mano. Y la mención no es fortuita, porque la Bella que nos ofrece Covadlo es una verdadera Justine sadiana, digna de todos “los infortunios de la virtud” que sufre por no entrar en la rosca orgiástica y bursátil de su época (tematizada en la lascivia de la Bestia y en "la burbuja" de especulaciones inmobilidarias que su fortuna habilita).
Casualmente, el ensayista Reinaldo Laddaga intituló un opúsculo reciente dedicado al creador de Mickey Mouse: “Los infortunios de la virtud: sobre Walt Disney” (en Tres vidas ejemplares, 2008). Pero mientras que allí, sólo las contundentes tres páginas finales del texto nos salvan de la extraña sensación de haber leído un resumen novelado del memorial de la empresa, la narración de Covadlo explora el tenue límite que separa “lo infantil” de “lo obsceno” y, sin estridencias, gana la partida. 

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