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martes, 5 de junio de 2012

“Ánimo y ánimas de animales”, por Jimena Néspolo

Zoo, de Marie Darrieussecq. Traducción de Lil Sclavo. Buenos Aires, El cuenco de plata, 2012, 200 págs.


Los editores suelen decir que su forma de intervenir en la realidad es a través de los títulos que publican, de los autores que impulsan, del diálogo sutil que trama su catálogo con la tradición y con su entorno. Por alguna razón desconocida, la reciente traducción de Zoo, de la francesa Marie Darrieussecq (1969), me atrae y me invita a la reflexión ya desde su arte de tapa, con esa playa y esos nadadores simpáticos que atraviesan el mar a manotazos, que hacen plancha, enlazan sus lenguas, se abren de gambas o muestran el culo.
En estos cuentos las féminas son las protagonistas. En estos cuentos las tramas se construyen con sucesos nimios que desequilibran de pronto la cotidianeidad que los (las) sujetos narradores se obstinan en representar dentro de ciertos parámetros ofrecidos por la racionalidad y el sentido común. Generalmente es un detalle pequeño que al fin derriba toda pretensión realista y estalla la dimensión fantástica del relato: un mono famélico que es la mascota dilecta de una anciana pero que además habla, una mujer que se borda las piernas para ir a una boda u otra que congela a su marido muerto y que luego decide clonarlo para no sentirse tan sola. Pequeños detalles que instalan “lo anormal” en el centro de la escena de una acomodada pequeño-burguesía, incapaz a todas luces de esconder su aburrimiento o su hastío. En el cuento “Juergen, yerno ideal”, por ejemplo, la desaparición del gato de la madre de la narradora dispara la acción narrativa; a causa de esa desaparición la protagonista –que se declara artista y fotógrafa (“Sé muy bien que todas esas personas que fotografío van a morir. Eso hace que mis fotografías luzcan esa suerte de pátina melancólica, pálida y verdosa. Los que admiran mi fotografía la valoran precisamente por eso…” pág.80)– y su marido viajan una y otra vez de Londres a Baviera para asistir a la anciana en ese trance. La aparición del cuerpo de un gato muerto al costado del camino plantea en el devenir de la trama otra serie de preguntas: ¿Qué hacer con el cuerpo del animal? ¿Es posible que un embalsamador reconstruya el estropicio? ¿Los animales tienen alma? ¿Hay cementerios para ellos? ¿Dónde? Finalmente, el grupete formado por la madre, la hija y el yerno logra enterrar al gato con pompa, lápida y sermones; pero hete aquí que al cabo de unos días el animal aparece vivito y coleando en la casa de la anciana. Se sucede entonces otro viaje de la pareja y la narradora vuelve disparar sus preguntas: ¿Es posible que su madre esté desequilibrada? ¿A qué mascota mima ahora? La tensión narrativa se distiende, la pareja se olvida de la anciana hasta que un día llama para avisarles que debe retirar los restos mortales de la tumba del padre de la fotógrafa pues el lapso de tiempo reglamentario para conservarlo en el panteón está por vencer. La madre se queda con la urna en la casa. Días después es sorprendida intentando enterrar los restos cenicientos en la tumba del gato “resucitado”. La oscilación fantástica del relato se instala al final, cuando la narradora nos muestra a un hombre mayor en el living de la casa de su madre, un hombre que se parece extrañamente a su marido Juergen y que su madre le presenta como su padre.
Me he detenido en la descripción de cómo ingresa la dimensión fantástica en este relato, en esa duda que se instala en los párrafos finales (¿Logró la madre resucitar al padre de las ruinas? ¿O la madre está loca? ¿La hija también?), porque este artificio recurrente con que se construyen estos cuentos es el mecanismo que singulariza al relato fantástico moderno: el escenario tenebroso de la ficción gótica desplaza y concentra lo ominoso en el corazón de la subjetividad (en el fantástico de Julio Cortázar, por ejemplo, de tradición franco-argentina suficientemente comprobada).
En los cuentos “La rondadora” y “Cuando de noche me siento muy cansada” la oscilación fantástica es utilizada ahora en función de la temática del doble y la creación artística; en “El vecino” o “Aún aquí” en la posibilidad de que el narrador sea un fantasma. “Navidad entre nosotros” utiliza también este artificio pero lo complejiza un poco más: las últimas líneas del relato sugieren que la narradora no sólo ha muerto de niña sino que esos días pasados en la casa de su infancia, esos días que son la materia adulta y presente del relato, son sólo un sueño de su madre.

Como se recordará Darrieussecq ha tenido la desgraciada dicha de alcanzar con su primera novela, Truismes (traducida al español como Chanchadas –por Alfaguara– y Marranadas –por Anagrama), récord de ventas en Francia y traducciones en más de treinta idiomas. En la página que oficia de presentación a este volumen de relatos, titulada “¿POR QUÉ UNA CHANCHA?”, dice la autora: “Creo sin temor a equivocarme que, exceptuando ¿cómo estás?, ésta es la pregunta que más me han formulado desde la publicación de Chanchadas en 1996. En realidad no tengo una respuesta precisa sino meras aproximaciones estadísticas. A menudo comprobamos que a las mujeres se las trata mucho más como chanchas que como yeguas, vacas, monas, víboras o tigresas; más aún que como jirafas, sanguijuelas, babosas o tarántulas; y mucho más aún que como ciempiés, rinoceronte hembra o koala.”
Darrieussecq dice consultar estadísticas y no tenemos por qué no creerle. Según parece la chancha es el animal más popular a la hora de identificar a la mujer con un animal. Marie dice también, al final de ese opúsculo, que “un relato no es una novela breve. Es una idea cuya escritura se perfila en los bordes de la novela, en su proceso de escritura”, que crece como farsa o como fábula, que “nunca escribe relatos si no es por demanda (de una revista, de un editor, un museo o un artista)” –por eso mismo en este volumen apunta, al pie de cada texto, el medio para el que fue escrito y/o la circunstancia que lo inspiró.
Sé de un chancho que engorda en la Península Ibérica, en las dehesas de Extremadura y Andalucía, a base de bellotas a fin de que el sabor de su carne recuerde a ese fruto. Me pregunto si Marie sabrá de su existencia… 

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