“Peligro, poesía!”, por Jimena Néspolo


Leer poesía. Lo leve, lo grave, lo opaco, de Alicia Genovese. Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2011, 168 págs.


¿Cómo leer un poema? El capítulo IV, que es el que da nombre al libro Leer poesía. Lo leve, lo grave, lo opaco, se abre con esa pregunta. La interrogación –dice Alicia Genovese– aparece hoy con recurrencia en talleres y claustros como si la crítica tradicional careciera de instrumentos para abordar la presencia caótica de la poesía contemporánea, como si el presente no alcanzara la comprensión plena de una de las expresiones más antiguas, primarias e intensas del ser humano. En tratar de remedar esa falta (de elementos, de astucia, de herramientas) se cifra la verdadera valía de este ensayo que, ante todo –en sus páginas iniciales– confiesa el compromiso emocional que guía la selección de su corpus: “el affectus que genera un texto cuando ha logrado conectarnos como lectores en su círculo de deslumbramiento, que es su círculo mágico”.
El libro se organiza en dos partes, la primera (“Poesía y Modernidad”) reúne tres ensayos atravesados por la tensión entre lo clásico y lo experimental, la tradición y la vanguardia, e intenta abordar la especificidad del discurso poético en relación con otros discursos sociales. La segunda parte (“Leer poesía”) aborda distintas obras y desglosa algunas nociones que habitualmente se suelen tener en cuenta en la lectura de poemas (el yo poético, la subjetividad, el imaginario, el tono, la métrica, etc.). Genovese, autora también del poemario Puentes (2000) –orquestado como un contrapunto entre imágenes fotográficas y texto–, alerta que leer este tipo de discurso implica asumir el riesgo de situarse en el mismo movimiento compositivo, entre el non sense, la multiplicidad significante y el silencio, con la única guía de aquello que la injerencia de lo onírico, de lo anómalo o del ruido desfamiliariza de la experiencia cotidiana. Aunque muchas veces el poema presente zonas transparentes o de lenguaje directo y comunicable, la composición poética busca siempre la apertura y el desquicio de la significación cerrada, busca la sensualidad y el festivo desparpajo de absorber y a la vez “herir” todos los discursos sociales. “Este hacer no solo se constituye a través de operaciones intelectivas sino que se sitúa simultánea y contradictoriamente entre las ideas y las pulsiones, entre el pensamiento y una fluencia emocional, según la definición de Ezra Pound” (p.100). La escritura, entonces, se ubicaría entre el logos y la irracionalidad, porque llega a decir más y/o distinto de aquello que el poeta se propone en un primer momento escribir. Su sostén es su deseo y su ceguera. Su público: un coro de fantasmas. 
Es notable el esfuerzo que realiza la autora por lograr la mayor apertura diafragmática y leer en un diálogo fructífero obras supuestamente antitéticas: en el capítulo V (“Poesía y subjetividad”) aborda a poetas tan distintos como Alberto Girri, Leónidas Lamborghini y Enrique Molina; en el VII, a Marosa di Giorgio; en el VIII, a Hugo Padeletti; en el V, a Juanele Ortiz, Juan Gelman y Olga Orozco. Si bien el libro abre varios frentes de discusión –con la esclerosis crítica y la manera estanca de leer la tradición, con esas modas de pulsión bursátil que de pronto ubican a ciertos autores “en alza” y a otros “en baja”– es de observar también que el estilo ameno y cuidado de la prosa evidencia esa pasión lectora sobre la que intenta teorizar. Así, por ejemplo, cuando analiza el trabajo con las tipografías, el espacio, la mezcla de discursos y registros que la poesía de Susana Thénon pone en escena, trama con su corpus un diálogo fresco que al fin resulta especular: “Filosofía significa ‘violación de un ser viviente’/ Viene del griego filoso, ‘que corta mucho’,/ y fía, 3° persona del verbo fiar, que quiere decir ‘confiar’” (p.51). A través del disparate etimológico, la mezcla de lo alto y lo bajo, lo serio y lo cómico, la parodia del supuesto saber erudito, la/s poeta/s escenifica/n dentro del texto un pequeño drama con los crímenes y las absurdidades que la Razón puede desatar.
De manera no tan solapada, la selección de los poetas convocados por Genovese se ancla en la idea de “genio”, con el soporte conceptual de Giorgio Agamben. En Profanaciones, Agamben reivindica la idea de genio como la de ese dios íntimo y propio, ligado al nacimiento y a la fecundidad, a cuyas exigencias nos rendimos aunque nos puedan parecer poco razonables y caprichosas. Según Agamben el genio es “el que destruye la pretensión del Yo de bastarse a sí mismo”, el Yo –cuyo centro es la conciencia– dialoga con el genio en la intimidad de una zona de no-conocimiento, y el estilo de un autor sería esa mueca, “esa marca sobre el rostro del Yo”. “Retomar aquella idea para ponerla en relación con la lectura de poesía implica reconocer como ineludible el sustrato subjetivo con el que se conforma la escritura, a través de la interacción entre contenidos conscientes e inconscientes dentro de ese proceso.”(p.99) Así, la autora desnaturaliza el modus operandi de la crítica estructuralista de las últimas décadas del siglo XX que, privilegiando la sola construcción formal de los textos literarios, obturó la posibilidad de leer de manera integral la dimensión más revulsiva y peligrosa del arte.  


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