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viernes, 1 de junio de 2012

"Un presente maravilloso", por J.S. de Montfort



Elogio del texto digital, de José Manuel Lucía Megías. Madrid, Fórcola, 2012, 148 págs.


Elogio del texto digital, del catedrático de Filología Románica de la Universidad Complutense de Madrid y experto en Crítica textual y Humanidades Digitales, José Manuel Lucía Megías (Ibiza, 1967), se pretende una reflexión al modo del mosaico sobre el nuevo paradigma en el que nos encontramos inmersos (el paradigma digital o virtual, se entiende) y así servir para (re)pensar el modo en el que se crean y se difunden los textos digitales hoy (y los muchos retos que quedan todavía pendientes a este respecto).
La propuesta fundamental de Lucía en este libro es doble. Por un lado, hace una cartografía histórica para demostrar cómo nos halla(ría)mos inmersos en una segunda textualidad y en una tercera oralidad y cómo ambas desembocarían juntas en el paradigma de la virtualidad. Y, por otra parte, busca persuadirnos de la beneficiosa –y necesaria- implementación de lo que él llama “plataformas de conocimiento” y que deberían ser promovidas por las universidades.
Nos recuerda Lucía en el libro cómo la primera textualidadhubo de surgir con el impulso democratizador de las polis griegas a partir del s. VIII a. de C., y gracias a la generalización de la educación. A ello contribuyó la aparición de las vocales en el alfabeto griego (que alentaba una alfabetización más fácil) y la lectura de izquierda a derecha; pero, sobre todo, el cálamo, una caña más gruesa, rígida y hueca que el tallo de junco que utilizaban los egipcios y que permitirá escribir sobre el papiro con mayor facilidad. Esto conlleva(rá) que la tecnología de la escritura pierda su carácter elitista y sirva como monopolio casi exclusivo para la “creación, conservación y difusión del conocimiento que perdurará hasta el siglo XX”.
Hasta entonces, el método para la difusión del conocimiento había sido la oralidad, de naturaleza más inmediata y más compleja, debido a la necesidad de la interacción de la voz, los gestos, y el propio tiempo del lector (siendo este al tiempo receptor y nuevo agente transmisor). El que sólo existiese en la memoria (en la lectura oral) hacía muy complicada, además, su conservación. Por eso finalmente el texto escrito triunfa como método para la conservación y difusión del saber.
Sin embargo, en el siglo XX, con el teléfono, la radio, el cine o la televisión, aparece una nueva oralidad, la segunda, caracterizada, igual que la primera y según Walter J. Ong, por la mística de la participación, la insistencia en el sentido comunitario, la concentración en el momento presente y el empleo de fórmulas, pero con la diferencia fundamental de su ámbito de influencia (la así llamada “aldea global”) y de que no sirve la voz ya para la construcción del discurso, que suele ser escrito. Así, hoy, superados el paradigma de la oralidad y la textualidad, hablaríamos –según José Manuel Lucía- de un paradigma virtual, que sería una suerte de síntesis de ambos y que se concreta(ría) en el texto digital, de doble naturaleza, pues implica una codificación artificial –matemática- que sólo el ordenador es capaz de codificar y descodificar, así como de una “capa” de naturaleza humana (información lingüística representada con una forma de escritura humanamente legible, basada en una codificación lógica y en un registro de signos gráficos de manera mecánica).
Respecto a la idea de la “plataforma de conocimiento” tiene esta que ver con las bibliotecas digitales de los campos universitarios, y vendría a ser “una aplicación que integra un conjunto de herramientas y de aplicaciones que se adaptan a las necesidades del usuario para albergar todo el material necesario para su quehacer científico y docente […] que puede ser ampliado por el usuario, el cual tiene acceso tanto a la información y servicios generales como a los materiales personales que ha subido, que pueden permanecer privados o hacerse públicos según su deseo”. Lo que reside detrás de tal concepto propuesto por Lucía es el hecho de que no nos podemos contentar sencillamente con la acumulación de la información y el saber en las bibliotecas digitales, sino que se ha de fomentar una “arquitectura de la participación”. Para tal fin, deberían darse cuenta las universidades de que, como dice José Antonio Magán, han de compaginar el servicio a sus usuarios más cercanos con “la ética más alta del pensamiento humanista representada por el espíritu universitario de compromiso hacia ciudadanos que superan [sus] fronteras”.
En fin de cuentas, se trataría pues de añadir valor al texto digital, de ir más allá de la reproducción digital de textos analógicos (que es en lo que nos hallamos hoy, en esta fase todavía de transición), de no tener miedo de innovar, buscando que la información esté (inter)relacionada, que se produzca una verdadera universalización del saber (partiendo de la idea de la escritura no secuencial del hipervínculo). Pero, por sobre todo, de  pensar que el autor no es ya el guardián soberano del texto, sino que es “un paso más dentro de todo el proceso” y que ahora el usuario, el receptor surgido de la web 2.0, y cuyo principio básico para acceder a la información es la interactividad, adquiere un “nuevo protagonismo y centralidad”. La tecnología, nos dice José Manuel Lucía, ya está aquí. Ahora sólo nos queda no ya inventar el futuro, sino aprovecharnos de todas las potencialidades del presente, sin recelar de la experimentación.


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