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lunes, 20 de septiembre de 2010

"De falsaciones y falsarios", por Jimena Néspolo

En el día de la fecha, el director de la revista literaria Quimera (de Barcelona), Jaime Rodríguez Z. ha anunciado a través de un comunicado de prensa que el número de septiembre de la revista: “…es un experimento editorial propuesto e íntegramente redactado por el escritor Vicente Luis Mora. Se trata, pues, de un ejercicio de metafalsificación en el que el también crítico y teórico de la literatura ha realizado una práctica ejemplar: hacer del discurso una praxis. Mora no solo ha redactado todos los textos que conforman el dossier sobre falsificación, sino que ha escrito el poema, guionizado el cómic, suplantado a los columnistas, inventado a los entrevistados (y a los entrevistadores), ficcionado con la crítica y creado, en fin, una pieza periodística única en la que se funden las dimensiones teóricas y lúdicas, paródicas y críticas, de la creación literaria.”
Por su parte, en su blog, Vicente Luis Mora explica que la idea del experimento fue “analizar nuestro sistema literario y sus formas de recepción y legitimación y también, y al mismo tiempo, como una forma activa de participar en los procesos artísticos con un gesto que va más allá de la propia escritura.” Pormenorizadamente relata el arduo trabajo de escritura que supuso, para él, dar con el tono y el estilo de cada uno de los columnistas de las secciones fijas (Germán Sierra, Germán Tabarovsky, Manuel Vilas, Agustín Fernández Mallo), quienes voluntariamente se dejaron “usurpar” por su “escritura falsificadora y fantasma”. Según explica, la idea surgió en octubre de 2009 y: “Jaime Rodríguez Z., el actual director, que ha sido un paciente cómplice de todo este gigantesco engaño, cuyo secreto hemos logrado mantener hasta el final, incluso para colaboradores estrechos de la publicación. Debo decir que cualquiera que sea el valor transgresivo que este número supone, hubiera sido imposible si la propia revista y sus directores no hubieran avalado la operación, de modo que Quimera se convierte, gracias a su gesto, en la única revista de crítica y también de autocrítica de la literatura española actual.”
Como antecedentes históricos de esta “intervención”, Mora esgrime sus experiencias juveniles y los Folletos literarios de Leopoldo Alas pero, casualmente, olvida un referente más cercano. En el verano 2007-2008 la revista argentina Otra parte, dirigida por Graciela Speranza y Marcelo Cohen, dedicaba su número 13, titulado “Crítica Ficción”, a reflexionar, teórica y prácticamente, sobre el mismo problema. Un tanto más crítica y plural, sin hasta el momento bajadas pedagógico-explicativas ni autopostulaciones ególatras, los participantes de ese número escribieron sobre obras y referentes inexistentes con el mismo rigor lúdico y formal que suele caracterizar a la publicación pero, en este caso, rozando incluso la ilegibilidad (muchos lectores despistados, aún hoy, buscan a las obras y los autores abordados entonces). Así, por ejemplo, Silvia Schwarzböck, en “Las verdugas” analizaba la polémica que la película La historia de Julieta, de una tal Victoria Siffredo, había despertado en el mundillo al trabajar dialécticamente sobre las figuras de la víctima y el victimario en una visceral estetización de la violencia, para finalizar: “El problema es para qué se hacen esos juegos en los que alguien filma una película fascista sin ser fascista, y a qué jugamos los espectadores cuando los jugamos, si no creemos en ellos. ¿Son artísticos, en lugar de políticos, por el sólo hecho de ser juegos? (…) ¿Provocar, en la era en que el público está sediento de ser provocado? ¿Por qué esa operación no sería, precisamente por lúdica, un gesto que entra en la órbita de la política, en la medida en que la directora también podría estar fingiendo que no es fascista? ¿Por qué la directora sería la garantía última de verdad en una obra que no cree en la verdad? Lo perturbador para nosotros, los espectadores, sería que estuviésemos viendo algo verdadero creyéndolo parte de un juego.”

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