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martes, 7 de septiembre de 2010

"La escritura propia", por Ignacio Bosero

Letra muerta, de Mariano García. Adriana Hidalgo, Buenos Aires, 2009, 253 págs.

Letra muerta comienza con la escritura de una carta de A, desde un lugar retirado, que se dirige a Edith, una editora conocida. El pulso de esa primera carta muestra la construcción de la novela de Mariano García, mediante la utilización del género epistolar y el biográfico. Su lectura proyecta las pasiones de las novelas decimonónicas. Sin embargo, los personajes de esta novela actúan en nuestro siglo XXI –el de la posibilidad casi absoluta de toda comunicación– inmunizados contra los riesgos de signo romántico. Este recurso sugiere que la espera a una respuesta puede ser todavía más penosa.
A, entonces, va a escribir la “verdadera” biografía de Rolando Safir. Un escritor extraño, que ha muerto hace poco tiempo en una tragedia. Para llevarla a cabo, A necesita de la imperiosa colaboración de la editora, Edith. Esta mujer cuenta con todo el material necesario para reconstruir la biografía del escritor en cuestión (sus libros, una autobiografía que se le encargó antes de morir, notas, el diario que llevaba desde los ocho años). Pero por los indicios que suministran estas cartas, puede advertirse que esta editora no está del todo dispuesta a brindar colaboración alguna como editora o amiga; es más, puede que muestre recelo. Al parecer, debido a la inquietud o a la sospecha que pudiera provocarle auspiciar la edición de Rolando Safir, cuando está en boca de todos, “en el pináculo de su prestigio”. Por lo pronto, A prefiere evitar este tipo de suposiciones sobre Edith, que sólo lo irritarían. Y se aboca a la tarea de escribir los primeros capítulos de la biografía; impulsada, además, por un acto de justicia contra el mercado que hoy ensalza y vende al escritor Rolando Safir. Él, su biógrafo, quiere mostrarlo como lo conoció en su intimidad “desde la juventud hasta su trágica muerte”; y poder contar, en realidad, “la batalla que libró consigo mismo y de la que, a pesar del éxito póstumo, nadie sabe nada.”
La biografía, intercalada por las siete cartas de A, permite la composición casi total de la vida y los pensamientos de Rolando Safir y el sistema de relaciones que este escritor mantuvo con el medio intelectual, a través de Edith y Ángel, su actual biógrafo. De ese modo, Letra muerta, también desnuda sus propósitos críticos sobre el universo literario que encarna el personaje de esta editora. En cierta forma, escribir esta biografía, tiene para Ángel, como necesidad, el desafío frente al pragmatismo del éxito que se encargó de transformar a Rolando en un escritor reconocido; pero que suprime, sin embargo, el largo y dramático proceso que azotó su incomunicación y su encierro desde su infancia.
Rolando Safir fue un niño sobreprotegido casi sin relación con el mundo exterior, debido a que su madre, presa de un delirio tras perder a su primer hijo, decidió no favorecer su socialización y no lo mandó ni al jardín ni al preescolar. La adolescencia fue incluso más difícil, teñida del descubrimiento de sus deseos sexuales a través de los juegos con su amigo Claudio Zini y la sanción que recayó sobre él cuando sus compañeros de colegio descubrieron sus preferencias (los festejos que le prodigaban por sus ocurrencias pronto fueron retirados). Y Rolando compensó y potenció su habitual ostracismo entre libros de aventura y terror y en el cálido bienestar económico asegurado por su familia. Pero por ese primer dolor, convertido en estigma (que ocultó a su familia para evitar “males peores”) fue que Rolando comenzó a escribir como “una forma de compensar las humillaciones”, su primera novela, El placer de los dioses, que luego abandonó sin pasar del primer capítulo. La inconclusión no será eventual en su obra, sino su condición esencial.
La doble tragedia de la muerte de sus padres sobrevino después; poco antes se había descubierto que su padre estafaba al banco de Londres para tener un alto nivel de vida. Al tiempo, moría su madre, Carmen, por una picadura de avispas; y Eduardo, su padre, melancólico, terminaba suicidándose. Rolando –que tenía 17 años– quedó a cargo de la rígida familia de los Stiller. En esa casa encontró el sosiego en el amor de Ángel –que perdurará en su vida–, pero también el castigo implacable de Petrus, al descubrirlos juntos. Stiller confinó a Rolando, como castigo, a un año de encierro en el altillo. La desventurada vida de Rolando en su juventud solitaria, seguirá el camino de ilusiones de protección tanto en un éxito literario radical o en los brazos forzosos de sus relaciones melodramáticas.
La novela tiene un desenlace vertiginoso, cargado por el dramatismo de las voces que intentan tejer los fragmentos finales que acompañan a la tragedia de Rolando. Edith y Ángel están implicados directamente y, por cierto, la cuota de desesperación aumenta hacia el final: Ángel instala su furiosa sospecha de que las monjas hayan interceptado sus cartas, de que Edith no conteste jamás y, sobre todo, de que se quiera suprimir la verdad, la biografía, su propio testimonio. Su realidad: su escritura.

5 comentarios:

  1. Me colma de orgullo leer algo escrito por vos... como siempre te digo: tenes un don especial...realmente muy interesante la reseña!!!me encanto!!!...a seguir publicando!!.. Nachi, Con Emi te deseamos el mejor de los exitos!!!....
    Te queremos Mucho!!!y se te extraña MUCHO MAS :)
    Besos Emi y Manu

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  2. Me encanto la reseña...te felicito!!!
    siempre me enocionan tus palabras!!!!!!!!!!!!!

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  3. MUY BUENA LA RESEÑA!!! MIS FELICITACIONES!! CONTINUA POR ESTE HERMOSO CAMINO...

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  4. tu reseña, tiene el arte de describir la vida de un escritor, realizada por un nuevo escritor que florece-Es otra de las maravillosas obras de anàlisis y escritura que hacès y que pronto seràn reconocidas.- te felicito dan ganas de leer mucho mas de vos y gozar con estas historias literarias.

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  5. Ignacio, nadie observa con más inteligencia la escritura contemporánea, ni la percibe con más agudeza. Te felicito a vos y a la revista BDS.

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