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miércoles, 1 de septiembre de 2010

"Periodismo que respira", por Natalia Gelós

Frutos extraños. Crónicas reunidas 2001 – 2008, de Leila Guerriero. Buenos Aires, 2009. Editorial Aguilar.


Hay un periodismo bobo, uno de oficina, uno ególatra. Y hay otro periodismo que es literatura de la buena, que enriquece, que apunta a algo más que a la presentación de una noticia con la displicencia de un notario en edad de jubilarse. Leila Guerriero, que ha sido galardonada con el premio de la Fundación Nuevo Periodismo por su trabajo “La voz de los huesos”, crónica sobre el grupo de arqueología forense de Argentina, es sin dudas una de las plumas más exquisitas de la no ficción nacional. Ella, que escribe desde un lugar femenino, sin sentimentalismos y sin buscar en lo fálico el sentido de un trabajo poderoso, recorre en estas crónicas reunidas un mundo variado, plagado de seres con historias tan disímiles como conmovedoras. Jorge González, que rozó el cielo de la NBA y se le esfumó al instante (“El gigante que quiso ser grande”); Romina Tejerina, que vive su encierro aún con aire de niña, aferrada a un cuaderno en el que cuenta su historia (“Sueños de libertad”); José Alberto Samid embajador de la opulencia en el partido más pobre del Conurbano Bonaerense (“El rey de la carne”). Todas esas personas son desnudadas por Guerriero, que aplica en ellos la miel necesaria para atraer al lector en sus mundos, sin juzgarlos, sin justificarlos.
El artículo galardonado por la Fundación que preside García Márquez muestra cómo trabajan esas personas que, a diario, se encuentran con los huesos de quienes murieron víctimas del terrorismo de Estado, del terror en todas sus formas. La periodista describe el lugar de trabajo, su cotidianeidad, sus contratiempos. Pero va más allá. Y desnuda las vidas de esos que, en los ochenta, se animaron a buscar los huesos de los desaparecidos, a hacer hablar a eso a primera vista tan callado como un fémur.
En este libro, la autora de Los Suicidas del Fin del Mundo también se interna en la Patagonia; explora el mundo de nubes y algodones de las vendedoras de Essen y Mary Kay (“El mundo feliz: venta directa”); se encuentra con Yiya Murano (“Tres tristes tazas de té”); habla con Miguel Tomasín, que es líder de la banda Reynolds y tiene Síndrome de Down (“Rock Down”). Todos pasan por el tamiz de la periodista, que con soltura hace lo que parece tan fácil y cuesta tanto en el periodismo actual: contar historias y demostrar que todos somos frutos extraños y tenemos grandes pequeñas cosas para decir.
“Yo soy periodista, pero no sé nada de periodismo”, dice. En la tercera parte del libro, Guerriero reflexiona sobre la profesión. Es casi el final y es un grito de guerra. Formada en el oficio y no en los claustros universitarios, o en las aulas confortables de las escuelas de periodismo, el suyo es un currículum moldeado por el bagaje de quien se formó al calor de las redacciones, acumulando entrevistas, miradas. Y correcciones. Correcciones. Más correcciones. Lejos del esnobismo de quien se declara alumno del Newyorker, ella se reconoce en las antípodas. Y en un abanico que abarca reflexiones sobre lo más cotidiano de la profesión hasta aspectos de fondo, sin teorizaciones auto-caníbales, expone sus opiniones sobre el uso del grabador en una entrevista o el lugar del cronista en el sistema de medios actual.
En la escritura de Guerriero hay, en especial, dos fortalezas. Las descripciones precisas, pulidas hasta la obsesión, vívidas, y los diálogos. Sobre esto último, ella marca la diferencia entre la frase y su sombra. Le escapa al trabajo del taxidermista, huye de lo embalsamado. Así, cada persona-personaje tiene su propia voz, no la de la autora. Tampoco la que se levanta como cita directa de los cables; no la que abunda, anémica, gris y pobrecita ella, en las páginas de los diarios. Los entrevistados aquí tienen la voz que brota de lo profundo, la que tiene matices, dolores, vibraciones, la que sale de un cuerpo que la contiene.
Frutos extraños termina con “Coda”. Y es el movimiento final. En “Música y Periodismo”, Guerriero hace una distinción entre el periodismo y el funcionario de la prosa. Habla de la relación entre la escritura y la música. Escribe y hace la diferencia. Luego camina la calle, y hace su juego.

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